Capacidad para eludir la realidad
Daniel Moyano
Allá por el Cono Sur y hacia los años sesenta, los escritores que entonces éramos jóvenes le enviábamos nuestros textos al paraguayo Augusto Roa Bastos, exiliado en Argentina, pidiéndole consejo, porque lo sentíamos más próximo a nosotros que Borges, Mallea o Bioy Casares, que eran los consagrados. El mundo de Roa nos decía más que las fantasmagorías de Borges, al que considerábamos un gran escritor europeo.
Junto con los originales del libro de cuentos que me devolvía, y un generoso prólogo, Roa me enviaba también una carta en la que me decía que se había tomado la libertad de suprimir tres o cuatro textos que no agregaban nada a temas ya tratados en otros; «quiero que tu libro salga cortando la luz» eran sus palabras, y agregaba que no tirara esos cuentos dudosos, que los guardara para cuando fuera muy famoso, ya se encargarían los editores de editarlos aunque no agregaran nada a lo ya dicho.
De los diez relatos incluidos en El lado de la sombra, al menos seis de ellos (La obra, El calamar opta por su tinta, Un león en el bosque de Palermo, Cavar un foso, Paradigma y Los afanes) ya han tenido amplia difusión aquí en España antes de que al autor le fuera concedido el premio Cervantes en 1990.
De los cuatro cuentos restantes, El lado de la sombra (publicado por primera vez en Argentina en 1962) y Carta sobre Emilia reiteran viejos temas anteriormente tratados de forma magistral por el autor. El primero es una variante menor de La trama celeste y el segundo una repetición de un viejo tema ya tratado en otras historias no sólo por Bioy sino por otros escritores del género llamado «fantástico», en cuya literatura abundan las repeticiones temáticas. Los otros dos, Un viaje o El amigo inmortal, con Merlín como protagonista, y Cuervo y paloma del doctor Sebastián Darrés, son textos especiales para los editores mencionados por Roa Bastos en su carta, y valen en la medida en que se trata de la prosa de Bioy, siempre atractiva.
Marcelo Pichón Rivière señala tres momentos en la obra de este escritor: el de la invención y fantasía, el de contar historias por el gusto de contarlas, y el satírico. Personalmente prefiero su vena satírica, más ligada a la realidad inmediata del mundo (que también es fantástica), que las otras. Lo que más me gusta de Bioy es su técnica, junto con su ironía, y le envidio su capacidad (como la de Borges) para no haberse ocupado nunca, ni siquiera de soslayo, de la acuciante y fantástica realidad de su país, una actitud muy en boga en la actual narrativa española.