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Otro medio de intercalación es más bien una alteración del curso normal del párrafo, desordenando lo que parecía ir sometido a un orden: «En la orilla del río, una niña pequeña acariciaba a un can triste, de lanas con la color perdida y cansado y desilusionado mirar.» Como vemos, puede ser fácilmente sustituido este final por un adjetivo (desteñidas, o algo parecido) y por un orden más coloquial: mirar cansado, etc. La estructura del autor hace más lento e infinitamente compadecido el retrato del perro.
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Otro recurso para conseguir esta lentitud expresiva es el de intercalar, inesperadamente y al final de una enumeración, un inciso, mediante una preposición o adverbio, o bien una simple exclamación, que añaden, intensamente, algo nuevo a lo que se venía diciendo. Compárense los siguientes ejemplos: «San Esteban de Gormaz es pueblo de casas de buena planta, de hombres que se afanan en su labor, de mujeres que miran con ansiedad, hasta podría decirse que con destemplanza, igual que castas y enojadas madres abadesas.» «Un perro -vaga imagen de la esperanza- lo mira, sumiso y tierno, con una cara indigna y suplicante; pudiera ser que también eficaz.» «De un balcón próximo salió una suave voz, cálida y cristalina, trémulamente firme y, quizás, suplicadora.» «Al pastor con el recuento de tanta hartura y de tal felicidad, se le puso la carita iluminada y tersa y hasta cachonda.» «Se quieren entender, por el camino arriba, las débiles y cansinas sombras de una tropilla que avanza -polvo, sudor y hambre- con lentitud.» En este último ejemplo, el reconocimiento literario, del famoso pasaje de Manuel Machado, polvo, sudor y hierro, aumenta la dimensión fuera de la página, haciéndola aún más lenta, si cabe, más alejada e inmediatamente devuelta al trozo.
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Esta estructura, en ocasiones, se complica y deja intercalar, entre cada uno de sus paralelos, alguna otra explicación, inciso, suceso, etc., que puede, incluso, si son varios, hacerse también paralelamente. He aquí un par de testimonios:
Este ejemplo revela, dentro de su andadura, análoga al señalado arriba, dos categorías de nexo conjuntivo: el destacado primeramente y el secundario, solamente referente a uno de los miembros primeros. Algo muy cercano refleja el siguiente:
Obsérvese de paso la cuidada gradación descendente de los incisos. Primero, la vagabundez, que acaba en el andar y andar sin sentido del mendigo; y luego, el disminuir de la comida: el aire y la gallina; la ilusión; el engaño; soplar; andar... Nos encontramos una vez más con el camino vaciándose, tierra y horizonte adentro, sin que se intente dar un consejo, una orientación hacia formas mejores de vida.
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A veces, esa unidad se disimula alterando el orden de las palabras en la frase, o desviando la atención en uno de los elementos: «Los frailes de San Pedro de Alcántara dieron al vagabundo la crujiente limosna de un pan candeal, la caridad amable de una cebolla, la fresca providencia de dos tomates de carne substanciosa y prieta.» Lo que dan los frailes es, simplemente, de comer. Eso se fragmenta en un triple complemento: limosna, caridad, providencia. La única alteración está en el orden del adjetivo, pospuesto solamente en el de en medio, con lo que se extrema la simetría (crujiente limosna-caridad amable-fresca providencia), y con la prolongación final, de carne substanciosa y prieta. Este último acorde encierra la gratitud, la meditada alegría por todos los favores recibidos.
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Nótese, además, el ritmo interior: mulero-recuero-cangallero-carrero. Cuatro sustantivos redondeados por inquisidor, que no es, precisamente, lo más oportuno.
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Los adverbios pueden, también, desempeñar este valor de énfasis ornamental, en especial los de modo: «...las infinitas o casi infinitas parejas de novios que marchan en silencio, lentamente, amorosamente, resignadamente, la mano en la mano, el mirar en el mirar, y el corazón en el abierto y entregado corazón». Como siempre, en este ejemplo se entrelazan varias vertientes, pero destaca la común filigrana de morosidad, de reiteración semántica, que perfila la inconcreta melancolía de la situación.
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Un análisis minucioso de los rasgos estilísticos de Camilo José Cela desvirtuaría notoriamente el propósito de estas páginas. Dejémoslas así, en la puerta de una crítica, en sencillas orientaciones. Solamente llamaré la atención sobre el plural encadenamiento de muchos de los recursos señalados, y cómo el énfasis, lo ornamental y anafórico, la intensidad afectiva, el contraste, etc., responden, en la lengua de nuestro escritor, a fines pensados, maduros.