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ArribaAbajo- XXVII -

La pendiente de la desgracia, es rápida y casi siempre inevitable. Blanca sentía el vértigo que produce el curso de acelerada y violenta caída. En esta situación el espíritu más templado se siente desfallecer y postrarse; las adversidades   —148→   de la suerte, parecían darse cita para abatir su altivo carácter.

Los acreedores, los escribanos, los agiotistas, entraban y salían a su casa con el aire insolente y el tono descomedido, del que no espera ya, sacar en dinero, lo que da en consideraciones y respetos.

Blanca, sabía que Alcides, compraba con gran empeño los créditos y las deudas hipotecarias de don Serafín, sin duda para apremiarlo y obligarlo a una inevitable quiebra.

Sabía también, que éste en venganza, propalaba la especie, aunque no muy acreditada, sí muy repetida de que, habiendo tenido ambos un duelo, Alcides habíase portado cobardemente.

Para darle mayor viso de verdad, aseguraba, don Serafín, que Alcides habíale dado cumplida satisfacción, jurándole casarse con Josefina, la joven florista protegida de su esposa, y seducida por Alcides, y por cuya causa, había querido batirse, para obligar a su seductor a darle su nombre y reparar su falta.

Los mendigos no gustan tanto alardear de sus imaginarios caudales, como gustan los cobardes alardear de su pretendido valor.

Si don Serafín no se hubiera manifestado tan cobarde en el duelo aquel de la Pampa de Amancaes, tal vez hubiera guardado secreto de ese malhadado desafío. Pero él, el timorato magistrado, el amoroso marido, el cumplido caballero, cometió la imperdonable falta de ser pueril y mentiroso, en un lance de honor en el que estaba comprometida la reputación de su esposa y la circunspección de su conducta.

El pobre hombre estaba desesperado.

Principiaba a comprender cuán fácil es pasar de caballero a villano, de honrado a pícaro, de pundonoroso a desvergonzado; tan fácilmente -decía- como se pasa de rico a pobre.

Había necesitado mentir, tal vez si pronto necesitaría robar, defraudar, estafar, para salvar la ruina que lo amenazaba.

Cada día, cada hora, se le presentaba trayéndole su contingente de reclamos, demandas, apremios... Y, no solamente él, también su esposa, viose envuelta en este cúmulo de desgracias y descalabros.

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Una demanda judicial fue más que otras, la que vino a llenar de vergüenza y oprobio a la señora de Rubio.

En las continuas y apremiantes necesidades de Blanca, para satisfacer sus deudas, originadas por su excesivo lujo, recurrió a sus joyas y las envió en varios lotes a una casa de préstamo, recibiendo por ella cinco mil soles.

En estas circunstancias, necesitó asistir a un baile.

Presentarse sin un solo brillante, cuando el mundo entero hablaba de la próxima ruina de su esposo, hubiera sido confirmar estas suposiciones, y tal vez precipitar su caída.

Además, ella para no afligir a su esposo y complicar más aún su difícil situación, habíale ocultado que sus brillantes estaban todos en casa de un prestamista.

En esta circunstancia presentose este gran baile, al que ella debía asistir, Blanca, pues, no halló otro arbitrio, que dirigirse al actual poseedor de las joyas, y manifestarle sus angustias por haberlas llevado a la casa de préstamo sin el consentimiento de su esposo.

Luciano, el reporter de Blanca, había venido a decirle que informada la sociedad toda, de la próxima ruina del señor Rubio, suponían con manifiesto regocijo, que ella no asistiría al baile.

-¿Y quiénes son las que tal suposición hacen?

Sus amigas, o mejor dicho, sus rivales, aquellas a quienes tanto ha humillado U.

-Pues bien, ya les haré ver que esa es deducción falsa y qua yo iré al baile, más lujosa y mejor vestida que nunca.

-Por eso me gustan las mujeres como U. -dijo entusiasmado Luciano, al escuchar el tono arrogante con que Blanca pronunció las anteriores enérgicas palabras.

Aquel día Blanca fue donde su modista a pedirle el más lujoso y elegante vestido que jamás hubiera salido de sus manos.

El precio, no importaba cual fuera, ella necesitaba estar esa noche deslumbradora.

Luego resuelta convulsa, agitada, dirigiose a la calle de..., a casa del prestamista, donde estaban pignoradas sus alhajas.

-Sálveme U. se lo ruego; Rubio me mataría si supiera   —150→   que en vez de pedirle a él, el dinero, que nunca me ha negado, he venido a empeñar mis alhajas.

-Señora lo que U. me pide es imposible.

-Imposible, cuando sólo quiero que me preste U. las alhajas para una sola noche y al día siguiente se las devuelvo. ¡Oh! Qué desgraciada soy...

-Yo, señora tengo un socio, a quien debo darle cuenta del dinero invertido, y de las prendas pignoradas, éste ha encontrado excesiva la cantidad de cinco mil soles que yo he dado sobre los brillantes de U. y todavía quiere U. que yo se los preste ¡oh!, no, señora, no puedo.

-¿Esa es su última palabra?

-Sí, irrevocable.

Blanca llevando a los ojos su pañuelo de rica batista, prorrumpió en amarguísimos sollozos:

¡Dios mío!... ¡Qué va a ser de mí!... ¡Yo voy a volverme loca!... Qué le diré a él... ¡Esto es horrible!... ¡Oh!

En este punto el prestamista miró fijamente a Blanca.

El llanto de una mujer joven y hermosa, puede ablandar a las piedras y también a los agiotistas.

- No se aflija U. señora, aún podemos hacer alguna combinación.

-¿Cuál? preguntó ella con imprudente rapidez, dejando conoces que en su llanto, había mayor dosis de ficción, que de verdadera angustia.

El agiotista, era un judío inglés de complexión robusta y aire simpático, a pesar de sus cincuenta años. Miró a la señora Rubio, con ojos codiciosos, y acercándose a ella, díjole: -Señora, usted puede hacer lo que quiera de un hombre como yo: no necesita usted llorar, sino pedir, o mejor mandar.

Blanca, sonrió con gracia y coquetería y el sectario de Israel, tomole la mano y la llevó a sus labios.

-¡Vaya! que atrevido es usted -y retiró precipitadamente su mano.

-¿Se ha enojado usted?

-No me enojo, si usted me presta las alhajas.

-Si usted me las pide así, como esa sonrisa que me enloquece, ne sólo las alhajas, sino también la vida.

-Gracias, las alhajas, sólo por veinticuatro horas.

-¿Volverá usted a traermelas personalmente mañana? -y acentuó esta palabra.

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Y el flemático hijo de Albión, frotábase las manos de contento con la esperanza de recibir al siguiente día las alhajas, traídas personalmente por la señora de Rubio.

-¡Oh! Que linda es usted -y mirando con ojos amorosos a Blanca, acercó su silla a la de ella.

-¿Quiere usted prestarme las alhajas? -preguntó ella enfadada, aunque no resuelta a irse sin realizar su propósito de llevarse los brillantes.

Y el judío inglés, para asegurar no sólo las alhajas que iba a prestar, sino también, la vuelta de la señora Rubio; exigiole firmara un documento en el cual declarara que llevaba sus propios brillantes, para usarlos aquella noche, obligandose a traerlos al día siguiente, por haber recibido cinco mil soles sobre ellos.

Blanca, después de haber firmado el documento, salió humillada, avergonzada de haber necesitado recurrir a las lágrimas fingidas, aceptando sin contestar con una bofetada, como ella lo hubiera hecho en otras circunstancia, los galanteos de un prestamista, que además había osado tomarle el brazo y oprimírselo, como si tratara con una mozuela de tres al cuarto.

Para colmo de males, Blanca no pudo devolverle los brillantes. Don Serafín se los había pedido al siguiente día del baile con estas palabras:

-Querida mía, hoy necesito que, para salvar mi crédito, hagas tú un pequeño sacrificio.

Blanca, palideció como si presintiera, aquel nuevo golpe que debía herirla.

-¿Cuál?... ¿Habla qué hay?

Dentro de tres días debo entregar una suma que para mí, debía ser sagrada: es un depósito de menores que, caso de no entregarlo, me traería un juicio criminal y tal vez algo más.

-¿Y qué piensas hacer?

-Yo, ir a la cárcel o poner en remate los muebles de la casa, que es lo único que nos queda.

¡Imposible! esa sería la mayor humillación que pudiera venirnos.

Estoy arruinado y no tengo como pagar esa deuda, no me quedan más que dos recursos: o la fuga o el suicidio ¿habla, que prefieres?

  —152→  

Y don Serafín con los ojos arrasados en lágrimas y la expresión angustiada miraba a su esposa.

-Y ¿qué es lo que yo puedo hacer para salvarte?

-Tus brillantes, serían suficientes para pagar esa deuda.

-¡Imposible! Yo no puedo vender mis brillantes.

Don Serafín, que no esperó recibir esta contestación, palideció y con voz agitada y colérica díjole:

-Tú sola eres la causa de mi ruina, y prefieres verme en la cárcel a desprenderte de lo que te será ya inútil, porque es preciso que sepas que, en adelante, no tendrás no sólo para bailes y gastos superfluos; pero ni aun para los gastos más indispensables de la casa.

-Hace tiempo que vienes repitiéndome la misma cantinela.

-Sí, porque hace mucho tiempo, que vivo ficticiamente, pagando las deudas de unos, con dinero que tomo de otros, a intereses más crecidos.

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Sálvame de esta espantosa ruina! Y Blanca cubriose el rostro con ambas manos.

¡No hubo remedio! Era preciso vender las joyas para pagar esta deuda que, con el requisito de ser depósito de bienes de menores, hubiera dado el resultado de llevar a su esposo, irremisiblemente a la cárcel.

El judío inglés, que con este fiasco se consideró burlado, no sólo en sus esperanzas amorosas, sino más aún en la cantidad de dinero entregada por las alhajas; no trepidó en llevar a la señora de Rubio ante los Tribunales de Justicia, acusándola de estafa, y presentándose criminalmente contra ella. Y, convencido de que no debía esperar ni brillantes ni amor, desahogó su rabioso despecho, difamando a la señora Rabio, y relatando con calumniosos detalles la escena en que ella fue a suplicarle, que le prestara sólo para veinticuatro horas, las prendas pignoradas.




ArribaAbajo- XXVIII -

La noche del baile de la señora M., Blanca estaba verdaderamente hermosísima.

En el momento, que, ella de pie, delante de un gran espejo   —153→   de vestirse, daba la última mirada a su elegante y lujoso tocado; don Serafín quedose contemplándola un momento, y acercándose a ella, imprimió apasionadamente sus labios, en la mórbida, descubierta espalda de su esposa.

-Cuando te veo así, me figuro que aun somos felices, y olvido los quebrantos de mi fortuna y la pobreza que muy pronto nos acompañará.

-No pienses en eso.

Y ella alejó de su memoria tan importuno recuerdo.

Don Serafín, quedose por un momento pensando, que la fortuna que se va, suele llevarse influencias, admiraciones, simpatías, amigos, y todo lo que constituía su elevada posición social. Y esta cruelísima realidad había de herir más que a él a su querida esposa.

Cuando Blanca llegó al salón de baile, un murmullo bastante perceptible, dejose oír en los distintos grupos de señoras y caballeros.

Todos estaban poco o mucho, algo informados, que el señor Rubio, no llevaba en su gabeta, un solo real que suyo fuera.

Por todos los ámbitos del salón, oíanse estas o semejantes palabras.

-Hoy viste de gran lujo, y mañana tal vez no tenga un real para la plaza.

-Es natural. El Banco de Londres dicen que le ha protestado letras por más de cincuenta mil soles.

Las calaveradas y derroches de esa mujer, hubieran dado fin con la fortuna del mismo Creso.

-Dicen que ella sostenía a varios amantes; es natural que tuviera este fin:

-Justo castigo de la Providencia.

En otro grupo decían:

-¡Pobre hombre aquel! -y señalaban a D. Serafín- víctima de esa mujer sin corazón.

-Cuando él se casó con ella, tenía cuatro millones de soles esto me consta.

-Ella tiene todos los vicios de un hombre corrompido y además, todos los defectos de la mujer mala.

Con esa perspicacia y penetración; propia de su clara inteligencia; Blanca si no escuchó, adivinó lo que a su alrededor pasaba.

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Notó que en el trato de hombres y mujeres, se operaba tal cambio que, a medida que se acentuaba, mayor mortificación traía a su vanidad de mujer y de señora. Los hombres casados y serios, la miraron con desprecio e indignación alejándose de ella, como si les causara repugnancia; en cuanto a las mujeres, solteras y casadas, la miraban con extrañeza, y en el aire desdeñoso con que la trataban traducíanse estos conceptos: -Ya tú estas abajo y nosotras arriba; ya tú, Blanca Sol, dejaste de ser la mujer a la moda para pasar a ser la vergüenza de los salones: ¿Qué hay de común entre tú y nosotras? Quita allá, tú no mereces rolar con la gente de alto tono.

Y las que así pretendían despreciar a Blanca, eran las mismas que un día no lejano fueron donde ella a valerse de la amistad y el favor, para llegar a obtener el codiciado destino objeto de las aspiraciones de esa multitud que vive en sociedad, como la tenía en el organismo, chupando los jugos sociales.

Sí, allí entre esas señoras, muchas de ellas afirmaban que en el despacho ministerial de D. Serafín, o quizá sobre las faldas de Blanca y bajo sus influencias habíanse firmado los despachos del favorecido hermano del no menos favorecido esposo, poseídos todos de lo que entre nosotros no es ya empleomanía, sino furor, que los lleva a convertirse en perseguidores perpetuos de las personas influyentes.

Sólo los jóvenes solteros, los calaveras que van en pos de fáciles conquistas, rodearon con mayor empeño a la señora de Rubio.

Pero ¡Dios mío! ¡Qué cambio! Su lenguaje tenía la familiaridad insultante del que no teme ofender a una gran señora; no era la galantería de otros tiempos, sino la petulancia del que se cree con derecho a decir, con los ojos, ya que no con la boca: -Eres mujer fácil, no debo temer un rechazo.

¡Ella, la altiva, la orgullosa Blanca Sol!

En el primer momento, tuvo la suficiente serenidad para mirar desdeñosamente a esa turba de aduladores, que no ha mucho la aplaudían y admiraban, y que hoy la volvían las espaldas.

¿Y Alcides? También él huía de ella como de un verdadero mal.

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Por primera vez, Blanca se quedó sin bailar la primera cuadrilla; es decir, la cuadrilla oficial, que ella acostumbraba bailar en el puesto de preferencia.

¿Dónde estaban sus amigos? Aquellos que se disputaban el honor de alcanzar, no sólo un baile, sino una sonrisa, una mirada...

Los amigos de Alcides, en otro tiempo también de Blanca, fueron donde él a participarle, que no pensaban bailar esta noche con ella.

-Hacéis mal en decírmelo, ¿o creéis que acaso que voy a hacerle guerra de alfilerazos? decíales él, desaprobando su conducta.

Desde que en el público comprendieron la inevitable ruina de la fortuna de don Serafín; todas las iras sociales como amenazadora tromba, se arremolinaron alrededor de Blanca.

La envidia de las mujeres, la maledicencia de los hombres, las rivalidades y emulaciones de las unas, y las protecciones rechazadas de los otros, largo tiempo sufridas, estallaron al fin, con explosivo furor.

El aura halagadora de la adulación iba a convertirse en furiosa y destructora tempestad.

Cuando el brillo del oro, o la grandeza del poder, no subyugan y deslumbran a la Adulación, ella, como Saturno, devora a sus propios hijos.

Blanca, la reina de los salones, la orgullosa y altiva joven, que ayer era admirada, buscada, adulada; quedará hoy oscurecida y anonadada, cual si caído hubiera en un abismo.

Lo que eran excentricidades, caprichos, agudezas, exceso de gracia, de imaginación, turbulencias de una inteligencia fantástica; serán hoy faltas inexcusables, aberraciones de una alma tórrida, vicios horribles, apenas perdonables en un hombre y por ningún motivo, disimulables en una señora de alta alcurnia.

Todos estos juicios, todas estas ideas se agitaban alrededor de Blanca, formando como horrible anatema que pesaba sobre su frente.

Y Alcides, que él sólo podría consolarla, de tantas desventuras, también él huía de ella, mirándola con adusto ceño, y pensando sólo en Josefina.

Aquella noche, Blanca aprovechando de estar Alcides   —156→   solo y recostado en el alfeizar de una ventana, acercose a él con la intención de hablarle.

Si la hubiese visto venir, se hubiera alejado de ella. Pero Blanca, se le presentó delante, de una manera imprevista, y con aquel aire lleno de gracia y coquetería, con que ella, en sus mejores tiempos, cautivara a sus numerosos adoradores, díjole:

-Alcides: ¿todavía le duran a usted sus resentimientos?

De pronto él no supo que contestación dar; más, presto, tomando el tono de exquisita galantería que érale habitual: -Señora -dijo- entre una reina y su vasallo no caben resentimientos posibles.

-¡Reina destronada, que viene hoy a implorar compasión!...

Y estas palabras las decía profundamente conmovida, casi llorosa.

-Una mujer como usted, señora, jamás debe darse por vencida.

-A no ser que un hombre como usted sea el vencedor.

-Yo, señora, hace mucho tiempo que he abandonado la arena donde usted esgrime sus armas, saliendo siempre vencedora.

-Sí, lo sé, que usted como todos mis amigos me abandona y huye de mí.

-Siempre he huido de la desgracia, cuando puedo alcanzar la felicidad.

-La felicidad sin el amor es irrealizable. ¿No lo cree usted así, Alcides?

Antes creía como usted, ahora creo que la felicidad sin la virtud es imposible.

Blanca vio en estas palabras, cruel alusión dirigida a ella y se mordió los labios, esforzándose para dominar su emoción.

-Pero ¿cuál es la causa de ese cambio en sus ideas? -y Blanca procuró reír alegremente.

Y Alcides refiriole a Blanca una historia en la que figuraba un joven, no -dijo- era ya un hombre, que peinaba canas, y por eso, era más grave lo que iba a referirle. Un día ese hombre, amó a una mujer, la amó tanto que, ciego, loco de amor, cifró en ella su felicidad y puso a sus pies su fortuna, su vida, y todo cuanto poseía, sintiendo tan sólo,   —157→   ser tan mezquina la ofrenda que podía rendir a las plantas de su amada.

Y cuando él esperó, haber alcanzado la dicha de ver realizarse las falaces promesas, con que alentaba su pasión; ella esa pérfida mujer le tomó como instrumento de sus extravagantes coqueterías; y una noche le llevó a su alcoba, para que fuera el objeto de la risa y el escarnio de sus amigos. Por fortuna aquella noche, conoció de cerca a una joven; ella le salvó del suicidio, cuando él desesperado, miraba la muerte como la única salida por donde pudiera huir de la influencia maléfica de ella, de esa, mujer sin corazón, que pretendía herirlo con la arma terrible del ridículo, que si no mata el cuerpo, mata irremisiblemente el alma; pero no fue así y queriendo hacerle el mayor mal, le procuró el bien más apreciado de la vida, el que puede ser fuente de inagotables alegrías, y este fue, el de conocer y tratar íntimamente a una mujer buena y amante, que le había ofrecido su corazón como refugio contra las coqueterías de ella, revelándole al mismo tiempo su amor puro y desinteresado.

Y Alcides fue hasta preguntarle a Blanca. -Y dígame usted señora, ¿no cree usted que él, sólo dándole su nombre, y labrando la felicidad de esa joven le retornará lo que lo debe, lo que es justo tributo por el bien recibido?...

Blanca guardó silencio: pálida y temblorosa, se respaldó en un sillón, como si temiera caer. Después de un momento, con breve y agitado acento preguntó:

-Ama usted a Josefina ¿no es verdad?

Sí, la amo y muy pronto será mi esposa.

Aquella noche, Blanca, salió del baile llorosa, humillada, abatida en su altivez, y amando más que nunca a Alcides.

El amor puro, desinteresado, noble, lleno de mutuas abnegaciones y recíprocos sacrificios, deja en la memoria un reguero de gratos y queridos recuerdos, que son como un reguero de estrellas, que alumbran la existencia, aun después que las sombras de los años derraman su triste lobreguez. No así el amor lleno de luchas, de sinsabores, de falsías y perfidias que vierten su amargor sobre todos los recuerdos que evoca la memoria, y cuando la pasión se calma y el ánimo se serena, sobreviene la indiferencia y muchas veces el odio: odio implacable para aquel ser   —158→   ingrato que envenenó, que acibaró, el sentimiento más dulce y más bello que existe en el alma.

Así, Alcides había principiado a odiar a Blanca, después de haberla amado largo tiempo con verdadera pasión.

¿Qué importaba que él comprendiera que al fin Blanca correspondía a su amor? Su corazón, fatigado de luchas, y decepciones, sólo apetecía los afectos tranquilos, apacibles, que curan las heridas del alma, y aseguran la dicha del porvenir; y esos afectos, Josefina, sólo ella, podría ofrecérselos.

Y así, de una a otra reflexión, y de una a otra deducción, llegó hasta ver la mano de la Providencia que lo designaba a él, como el castigador de las culpas de la coqueta y malversadora Blanca Sol.

Y juzgándose elegido para tan altos finos, aceptó el erróneo concepto de los que se imaginan que Dios ha menester de un hombre para castigar a otro hombre, a semejanza de ciertos enamorados, que necesitan de una mujer para seducir a otra.

Él castigaría, pues, a Blanca, la castigaría no en venganza ni en desagravio de los desdenes sufridos; sino como medio de corrección, como medio de quitar de la sociedad la piedra de toque del escándalo.

Blanca en la pobreza se vería obligada a cuidar de sus hijos, y consagraría sus horas al trabajo y a las atenciones domésticas.

No era el odio, no, lo que le llevaría a precipitar la ruina de don Serafín.

Y en el último caso, traída por él, o por otro, la bancarrota de la casa, mucho tiempo hacía que él la veía inevitable.

Y tan inevitable fue, que las joyas que ella quiso llevar al baile pretendiendo ocultar así la ruina de su fortuna, dieron margen a los acreedores para presentarse en demanda de esos brillantes con los que esperaban saldar en parte sus cuentas.

Ya hemos visto que antes que los acreedores D. Serafín, pidió los brillantes para poder devolver un depósito de bienes de menores.



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ArribaAbajo- XXIX -

Ocho días después Don Serafín, azorado y balbuciente, acercose a su esposa, y estrechándola en sus brazos, con extrema desesperación:

-¡Ya no hay remedio! -exclamaba- ¡estamos arruinados!... Todas mis entradas están embargadas... mañana no contaremos con un real seguro... ¡Oh! ¡Mis hijos!... tú... en la miseria... ¡que va a ser de mí!... Yo no resisto este golpe... ¡Dios mío!

Ella aterrada, mirábale sin poder proferir una sola palabra.

Don Serafín sollozaba, y hablaba al mismo tiempo y, tomando a Blanca por una mano, llevola a su escritorio para mostrarle sus libros de cuentas.

No había duda: todas sus propiedades estaban hipotecadas, y los intereses no pagados, habían agrandado las deudas, hasta el punto de sobrepasar al valor de la propiedad hipotecada.

Alcides era el acreedor más temible, por lo mismo que representaba la mayor cuantía de sus deudas: él era el que había trabado embargo y pedido judicialmente el remate de las fincas gravadas con hipotecas: él era dueño de la mayor parte de los créditos de don Serafín.

Blanca no podía darse cuenta, cómo era que Alcides de quien referían tantos actos de generoso desprendimiento y caballeroso comportamiento, fuera para ellos tan ruin y cruel acreedor.

Entonces recordó las inepcias propaladas por D. Serafín, presentando a Alcides como infame seductor de su costurera, y Blanca comprendió que Alcides realizaba una venganza, algo cobarde a su juicio; pero al fin, como venganza encontrola justificable.

Ella no podía imaginarse, que Alcides más que castigar a D. Serafín, proponíase corregirla a ella, quitandole la fortuna como medio de convertir a la gran coqueta, y gran señora en buena y honrada madre de familia.

Blanca volviose a su alcoba; necesitaba estar sola.

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¡Cuántas reflexiones a cual más dolorosas y aflictivas, acudieron entonces a la mente de la señora de Rubio!

¡Dios mío! Ella pobre como Josefina, más quizá que ella; ¡y con seis hijos!

Seis hijos, que si hoy apenas le ocupaban algunos instantes, robados a sus compromisos sociales, mañana, cuando no tuviera dinero para pagar nodrizas, ayas y sirvientas, había de verse ella obligada a servirlos, a cuidarlos y a amamantarlos... Ella, que tanto se fastidiaba y tan cruelmente se aburría desempeñando los quehaceres domésticos, para los que sólo deben haber nacido mujeres vulgares y de mísera condición.

¡Seis hijos y en la miseria! ¡Oh! esto era más espantoso que todo lo que ella había visto hasta entonces.

Haber gastado, derrochado, lucido, haberse encumbrado hasta la altura que produce vértigo, para luego caer; y caer, no donde antes estuvo, no en su antigua posición social, cuando tenía acreedores que no la apremiaban y amigos que la servían; sino a las profundidades de un abismo, del abismo de la miseria.

¡Qué diferencia! Ayer todavía era ella la reinado los salones; ayer disponía de influencia, gozaba de consideraciones, contaba con amigos, y poseía toda lo que en sociedad vale tanto cómo el oro, más aún que el oro.

¡Qué diferencia! Ayer todavía podía coquetear, reírse, burlarse de los tontos y costeársela con los inocentes, con los mentecatos, como Luciano, que ¡sandios!, imagínanse posible y hasta fácil el conquistar el corazón de una mujer y una mujer como ella.

¿Quién era el causante de todo este brusco y horrible cambio? ¿Quién? Mi marido -pensó Blanca; pero luego con esa lógica clara de su raciocinio, desvió de allí su pensamiento, y juzgó con mejor criterio su situación.

No, no era su esposo el causante de su caída y de su próximo eclipse social: en opinión de Blanca era la sociedad, esa sociedad estúpida que rinde homenaje sólo al dinero.

¿En qué había cambiado ella? ¿No era ahora la misma de ayer, la misma de cuando todos creían que los dos millones de soles de su esposo, habíanse duplicado y juzgaban que, resguardada por cuatro millones, nadie se atrevería a herirla?...

  —161→  

¡Miserables! En el último baile, mirábanla con miradas despreciativas; parecía que se holgaban de no llevar ya sobre la conciencia, el peso de cuatro millones, que continuamente los obligaba a la admiración y a la servil adulación.

Ellos, a los que tanto había ella despreciado, ¡se atrevían a despreciarla!

Pensó no volver jamás al seno de esa sociedad; pero allí estaba él; allí estaba Alcides, el hombre que ella amaba, el que era causa de sus penas, de sus contrariedades y hasta de sus lágrimas. Sólo por verlo a él, por hablarle una vez más, aceptaría el sacrificio de asistir a bailes y fiestas que ya la cansaban.

Luciano, vino a visitar a su amiga Blanca Sol.

Desde el primer momento comprendió ella, que Luciano era portador de alguna noticia de bulto, como si se dijera un notición.

-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué dice el mundo?

-Malas nuevas traigo hoy.

-Hable usted ya adivino lo que es.

-Alcides Lescanti se casa con la costurera de usted.

-Pensará abrir un taller de costura.

-Lo cierto y positivo es que se casa con Josefina.

-No sea usted crédulo, lo que Alcides se propone, es cazarla, no casarse.

-Mucho me temo que usted se equivoque por esta vez.

Y Luciano refirió con pelos y señas todos los datos que él tenía en tan importante asunto.

Blanca conceptuaba como absurdo estupendo, como negación de todas las leyes sociales, el matrimonio de Alcides con Josefina.

Sería posible que él pudiera amarla hasta el punto de darle su nombre. No, ¡imposible!... Y Josefina, la florista que ganaba tres reales trabajando día y noche, pasaría a ser la señora de Lescanti, dueño de una de las mejores fortunas de Lima. -Si yo pudiera impedir este matrimonio -pensaba la señora Rubio- se salvaría mi fortuna y mi felicidad... Esperamos, aun no está todo perdonado...

Y después de estas palabras, Blanca se dio a proyectar la manera y forma cómo pudiera impedir el matrimonio   —162→   de Alcides con Josefina, resuelta a aceptar todos los medios con tal de llegar a término sus proyectos.

Lo más eficaz, indudablemente, era, ir a la casa de él; ir a buscarle en sus propias habitaciones. Se estremeció al pensar que tuviera que aceptar tan desdorosa resolución ir ella Blanca Sol, a buscar a un hombre, y a un hombre que no la amaba y quizá la despreciaba; ¡oh! Esto era horrible: ¡preferible sería morir de miseria, de amor, de desesperación, de todo, menos de vergüenza, sufriendo humillaciones, desprecios, ignominia!...

Después de mil indecisiones, y vacilaciones, de larga y tenaz lucha de su dignidad, de su orgullo, que sentíanse lastimados; después de vestirse, primero con rico traje color de bronce, luego con otro negro más sencillo para no llamar la atención, desechando aquél por muy lujoso, después de ir, de venir, deseando que algún acontecimiento, algún inesperado impedimento viniera a frustrarle su salida..., al fin llevose ambas manos al pecho diciendo:

-¡Mi corazón y mi destino me llevan allá!...

En los corredores encontró a una pordiosera:

-Una caridad por amor de Dios señorita.

-Toma, y pídele a Dios por mí -y arrojó en la mano de la mendiga un sol de plata, que la dejó alelada mirando largo tiempo la moneda.

Daban las nueve de la mañana, cuando ella salió, envuelta elegantemente en su manta.

Esta salida fuera de las horas de visitas, no inspiró sospechas, Blanca acostumbraba salir al templo todos los días, y esta era la hora de misa en San Pedro.

Cuando llegó a la casa de Alcides, subió los escaleras, y en el salón principal que estaba abierto, encontró a José, un viejo criado, ocupado en limpiar y arreglar los muebles.

Blanca preguntó:

-¿El señor Alcides Lescanti está en casa?

-No señora acaba de salir.

-Y volverá luego.

-Es casi seguro que no volverá hasta la noche.

Blanca con la impaciencia que la caracterizaba, arrugó el ceño y llevose con ademán desesperado una mano a la frente exclamando:

-¡Oh qué desgracia!

  —163→  

José fijó en ella su atención. Quizá si estaba en presencia de alguna señora amiga íntima de su amo. ¡Era tan hermosa! ¡Tan simpática!...

-Si la señora gusta esperar, pudiera ser que llegara dentro de media hora.

Blanca aceptó este ofrecimiento. Necesitaba no tanto esperar, cuánto descansar, tomar aliento.

En la esperanza de descubrir algo nuevo en la vida del hombre que era ya dueño de su corazón, y a quién la suerte había colocado en condición de ser también dueño de su fortuna; dirigió la conversación con todo el artificio que ella poseía; pero José con la reserva propia de sus años, no dejó escapar un solo concepto, que pudiera comprometer a su antiguo y amado patrón.

En este momento sonó el timbre, cuyo botón quedaba a la entrada del corredor.

-¿Será alguna visita para el señor? -preguntó deteniendo a José para que no saliera de allí.

-No, debe ser algún importuno que viene donde mi amo y salió a informarse.

Blanca oyó larga disputa sostenida por el visitante con José.

Así que se vio sola, miró con ojos curiosos el dormitorio de Alcides.

Tal vez si allí encontraría algún papel, algún indicio, que le revelara lo que aún esperaba que fuera no más que artificiosa ficción de Alcides.

Tal vez iba a descubrir una prenda, tal vez un retrato, un rizo, quizá de ella, que Alcides guardaba en oculto sitio y que esperaba hallar.

A todo evento, preferible era la realidad a la horrible duda que le torturaba el alma.

¡Es tan cruel dudar, cuando tanto se ama!

Blanca penetró con paso apresurado hasta el centro de la alcoba y se detuvo sin atreverse a pasar adelante. Estaba pálida, helada, temblorosa.

Nadie al verla, hubiese reconocido en ella a la altiva y coqueta Blanca Sol.

Llevose ambas manos al corazón: le parecía que de todos los objetos inanimados se desprendía algo como el fluido magnético, o mejor amoroso, que tiempo há, sentía a la vista de Alcides; aunque no fuera sino viéndolo a la   —164→   distancia. Allí en aquella habitación, hubiera ella querido pasar el resto de su vida...

¡El dormitorio del hombre amado! Mirolo ella con esa curiosidad, con ese afán, nunca hasta entonces sentidos. Le avino el deseo de recostarse en los cojines donde él diariamente se recostaría, de besar aquellos almohadones, donde aún se conservaba el ligero hundimiento, producido por la cabeza de él. Sentía un bienestar intenso: parecíale que la cadena de males que hacía tiempo pesaba sobre su vida con inmensa pesadumbre; hubiérase como por encanto disipado. Un pañuelo vio allí, y tendría su perfume, el perfume que él usaba: Blanca, llevolo a los labios y aspiró con delicia, sintiendo el inenarrable placer que produce vértigos.

Después de corto momento, miró en torno suyo con mirada investigadora.

Un cuadro bellísimo colocado a la cabecera del lecho, llamó su atención. Acercose a mirarlo.

Estaba agitada y temblorosa, como si temiera llegar a un descubrimiento para ella muy horrible. Era un cuadro al óleo. El marco fijó su ansiosa mirada. Con gran sorpresa reconoció, uno de esos cuadros, que el refinamiento del arte ha ideado para ocultar un retrato bajo la apariencia de un cuadro. Comprendió que había algo que ella necesitaba ver.

Blanca conocía todos los secretos y resortes y comprimiendo un pequeño botón oculto entre las talladuras del marco, éste se dividió en dos, y pronto quedó a su vista un retrato de mujer; era el de Josefina.

Esto era más de lo que ella necesitaba para comprender su desgracia al lado de la dicha de Josefina.

El corazón le dio un vuelco, y un vértigo pasó por su cerebro. De la palidez cadavérica pasó al rojo encendido, color de amapola.

Pretendió arrancar el cuadro; pero los cordones que lo sujetaban a la pared resistieron; entonces con un golpe violento, separó el retrato de Josefina, lo dividió con fuerza inaudita en mil pedazos, y arrojándolo al suelo lo pisoteaba, cual si fuera, no el retrato sino el cuerpo mismo de Josefina. ¡Así quiero despedazar a esa infame, a esa pérfida mujer que me ha traicionado!... ¡Oh! Dios mío, esto es más de lo que yo puedo soportar.

  —165→  

Y ebria, loca de indignación y rabia, cayó extenuada casi desfallecida en el sillón que estaba colocado a los pies de la cama.

José, que al fin había terminado su larga disputa con el impertinente visitante; volvió a entrar al salón, y al no encontrar a Blanca allí, miró al dormitorio de su amo, y vio a la señora reclinada en el sillón, cubierto el rostro con ambas manos.

No debió estar José muy acostumbrado a estas mudas y elocuentes escenas; pues que, después de mirar largo rato, como si dudara de lo que sus ojos veían, decía:

-¡Aja... ajá! ¿Esas teníamos?, -y luego movió la cabeza con intencional malicia, juzgando haber llegado al más estupendo descubrimiento.

-¡Quién había de creerlo! Si parecía una gran señora, y había sido una de tantas. ¡Pobrecita! Y parece muy desconsolada. Cuando se casará mi patrón, para que entre en el buen camino y no se ande en estos descarreos.

Y José dirigiose al interior de la casa a continuar sus ocupaciones, sin abrigar temor alguno de haberse equivocado, respecto a las amorosas intenciones de esta misteriosa visitante.

Después de corta meditación, Blanca, se irguió, y ya algo más tranquila, púsose de pie resuelta a retirarse esperando no haber sido vista por el criado. Antes de salir, miró hacia un pequeño escritorio de alcoba, y vio una carta principiada en la que sólo estaba escrita la fecha, y el nombre de la persona a quien iba dirigida.

Era carta para un amigo.

Blanca tomó la pluma y con pulso trémulo, escribió estas apasionadas líneas:

Alcides: te amo y tú me odias. Te propones castigar faltas muy pequeñas con castigos inmensos. La ruina de mi fortuna que tú quieres labrar, sería para mí poca cosa si no viniera acompañada de tu desprecio. He venido aquí a implorar tu perdón, a pedirte mi felicidad. ¿No podré esperar algo, ya que todo mi porvenir depende de ti?...

Mañana ¿me esperarás? El corazón me dice que sí.

Y este papel en el que derramó tan sólo algunas gotas de la hiel que se desbordaba de su corazón, escribiolo con pulso nervioso y al correr de la pluma.

Quiso volver a leerlo, para corregir o agregar algo más,   —166→   pero luego tiró el papel sobre el escritorio diciendo: -Cuando uno da una caída, no puede estar pensando que postura le conviene mejor. ¡No hay remedio, es necesario ir adelante!...

Y salió de casa de Alcides, no sin haber enjugado alguna lágrima rebelde, que más de una vez, asomó a sus hermosos ojos.




ArribaAbajo- XXX -

Así que se vio en la calle, pareciole sentir que su dignidad de mujer y su orgullo de gran señora, habían sufrido enorme y espantable decrecimiento.

Caminaba dando traspiés, cual si los transeúntes que la miraban, leyeran en su frente, que acababa de salir de casa de un hombre, ¡y del hombre que amaba a otra mujer!...

Al pasar por delante del templo de la Merced, le vino el deseo de orar; de elevar a Dios la plegaria más ferviente de su vida, la primera quizá que brotaba de su alma.

Su situación la encontraba tan desgraciada, tan horrible, que sólo un milagro de la Virgen podría salvarla.

Blanca entró al templo y oró.

¿Qué le pedía a la Virgen? Que Alcides la amara; que su acreedor fuera mañana su amante, no encontraba otro recurso, ni contra su próxima miseria, ni contra su propio corazón.

Le habló a Dios y a la Madre de Dios, presentándoles su vida. Ella no era culpable: no se arrepentía de ninguna falta: ¿Acaso jamás le había sido infiel a su esposo? Su conciencia no la acusaba del crimen de adulterio. Verdad que acababa de salir de la casa del hombre que ella se proponía conquistar, no sólo como un medio de recuperar su fortuna; sino más aún, como un medio de satisfacer una necesidad de su alma; pero Dios que veía su corazón la perdonaría.

A qué otro recurso podía ella apelar en tan aflictiva situación: los hombres son tan interesados, tan egoístas, que no había que esperar de Alcides concesión ninguna, sino era a cambio de grandes favores.

¡La miseria! Qué cosa tan espantosa, cuando se ha vivido en la holgura y el bienestar; cuando ya la costumbre   —167→   arraigada, obliga a mirar como necesidades indispensables lo que otras miran como lujo excesivo.

¡Cómo podría ella vivir sin coche ni criados, sin el confortable para ella y sus seis hijos: sus pobres hijos que ya veía en la miseria! Lloró tanto que sintió enrojecidos los ojos y horriblemente descompuesto el rostro, tanto que determinó permanecer allí más tiempo del que había pensado.

Felizmente su esposo estaría en su escritorio, y no se ocuparía de ella.

Oyó que el reloj de la Iglesia daba la hora. ¡Las doce del día! ¡Y ella había salido desde las nueve! Se asombró de que fuera tan tarde; no creía haber permanecido tanto tiempo en casa de Alcides.

De seguro que don Serafín la estaría esperando para almorzar.

Iba ya a ponerse de pie para partir, cuando le vino una feliz idea.

Arrodillose nuevamente, y con el fervor más sincero dijo: -Virgen Santísima, si salvas mi fortuna, te prometo vestir el hábito de los Dolores por el resto de mi vida; te prometo, con toda mi alma, renunciar al lujo y a todas las fiestas del mundo, y entregarme al cuidado de mis hijos, como la madre más amorosa, como tú lo fuiste con tu Hijo, mi Redentor: escucha Madre mía esta plegaria que desde el fondo de mi alma te dirijo esta pecadora. Te prometo además, hacer todos los años el mes de María con tanto o mayor lujo que el que hasta ahora te he dado. Y si mi destino es que Alcides me salve, que el sea mi... amante...

Aquí la señora de Rubio se estremeció, hubiera querido recoger la palabra. -No, mi amante no será, si tú me proteges... Pero sí, te pido, que Alcides no se case con Josefina, con esa pérfida muchacha que yo protegía y que me ha traicionado. Que un rayo de tus manos la partiera, ya que ha sido tan infame. En tus manos Virgen Madre, pongo mi destino; guíame por el camino de mi felicidad, que será el de mi salvación eterna...

Después de esta plegaria, salió del templo algo más tranquila, con mil propósitos de enmienda y casi segura de que Dios y su Madre, habían de intervenir para impedir   —168→   el matrimonio de Alcides, y quizá también para que se salvara su fortuna aunque fuera por medio del adulterio.

Se dirigió a su casa, iba pensando en la figura que haría ella, vestida con hábito de los Dolores: con una correa de hule a la cintura y el vestido llano, sin adornos ni plegados.

Se sonrió imaginándose su estrafalaria figura, con el hábito y el escudo prendido en el saco que había de ser holgado. Casi estuvo a punto de arrepentirse de su temeraria promesa. ¿Qué diría el mundo, qué dirían sus adoradores, cuando la vieran vestida de beata, con hábito y correa de hule?... Pero luego recordó que muchas otras como ella habían llevado el mismo traje, sin que nadie manifestara grande admiración. Y en fin, con tal que la Virgen le hiciera el milagro pedido; ella se resignaría a todo, lo esencial era impedir el matrimonio de Alcides.

Se proponía además, realizar grandes economías en el manejo de su casa, único medio de salvarse de la ruina que la amenazaba.

Los doscientos soles mensuales, que el sostenimiento de su carruaje le demandaba, bien podía economizarlos. Ella no caería jamás en el ridículo de cierta señora, de la cual ella tanto se había burlado, por haberla oído decir que «con tal de sostener el coche particular, ella economizaba un plato en la mesa y un traje en el vestido» Y Blanca riendo estrepitosamente, decía, que esa señora economizaba a favor del coche particular, el lavado de la ropa blanca.

No, ella era bastante inteligente, y comprendía, que si el lujo da brillo y realce a la persona, es sólo cuando se lo lleva con buen gusto y sin ridiculeces.

El jardinero que cuidaba de las plantas de los corredores y del salón de fumar, podía suprimirse: ella vigilaría que el mayordomo regara las begonias y las demás plantas delicadas.

Muchos otros gastos como estos pensó que bien podría omitirlos.

Cuando llegó a su casa, llevaba las mejores intenciones de regeneración económica; y todo un plan de reforma para implantarlo desde luego; pero también oculto como un mal pensamiento, llevaba el propósito de ir al día siguiente donde Alcides, segura como estaba de alcanzar concesiones   —169→   tantas, que ya veía recuperada su fortuna, y realizadas sus amorosas esperanzas.

Bajo la benéfica influencia, de tan halagüeñas ideas, su espíritu un tanto confortado, principió a abrigar la esperanza de ver trocarse los negros nubarrones que con espantosa rapidez, iban oscureciendo el cielo de su porvenir, en nubecillas doradas por el sol de la felicidad.

Pero ¡Dios mío! ¡Qué había sucedido en su ausencia! Don Serafín estaba pálido, tembloroso, y salía a recibirla con aire amenazador, como si la hubiera visto salir de la casa de Alcides.

No le dijo más que estas palabras:

-¡Ven! ¡Infame!

Y asiéndola fuertemente por el brazo, la llevó a su alcoba casi arrastrándola.

-Qué es esto Rubio: suéltame me haces daño; ¿pero qué sucede? ¡Calmate!....

-¡Mira! Y don Serafín presentó ante los ojos de Blanca, una carta que ella miró fría y atentamente: era carta de Alcides.

Una ligera palidez cubrió su rostro; procuró dominarse y con voz tranquila dijo:

-Bien, y ¿qué hay? ¿Esto es todo?

-Sí, esto es todo; lee y muérete de vergüenza -y le habló con inacostumbrado tono, y con resuelto ademán puso ante los ojos de su esposa una carta que decía así:

«Sra.: No venga U. mañana a mi casa; vendría U. demasiado tarde. El retrato que acaba U. de romper y que ha visto U. a la cabecera de mi cama, pertenece a la que esta noche será mi esposa. Saluda a usted respetuosamente. -Alcides».

Lo que no consiguieron las iras de don Serafín consiguiole la carta de Alcides.

Blanca perdió su serenidad y tembló de rabia y desesperación, acercose a su esposo y con la voz opaca por la emoción dijo:

-Y bien ¿quieres explicación de esa carta?

-Sí, quiero saberlo para matarte.

-El que ha perdido estúpidamente su fortuna, no tiene derecho a herirme a mí, que quiero recuperarla, contestó llena de indignación y rabia la señora de Rubio.

  —170→  

Don Serafín que delante de su esposa siempre fue manso cordero; sintiose con el coraje del león herido cruelmente por su tiránico domador, y como la fiera que se lanza sobre su presa, así él asiéndole fuertemente por el cuello la arrojó contra uno de los muebles, pretendiendo estrangularla.

-¡Canalla! ¿quieres asesinarme?

-Sí, quiero matarte -decía él fuera de sí, encendido el rostro de furor.

Era la explosión de sufrimientos largo tiempo comprimidos; era el amor siempre rendido y jamás correspondido; era el esposo amante que no pidió más que fidelidad, y al fin encuentra que, ni aun esto, érale concedido. Sí, aquello fue verdadera explosión de resentimientos, de penas, de celos, de todo lo que él había sufrido, y sufrido en vano, para que al fin se le dijera, que él había perdido estúpidamente su fortuna; dejándole la resignación como único recurso a tan espantosa situación.

La muerte, sí, sólo la muerte, podría castigar tantas injusticias y crueldades tantas.

Lucha tremenda, desesperada, trabose entre ambos. D. Serafín, con los ojos llameantes, el rostro lívido, y los labios cubiertos de espuma, pretendía estrechar con ambas manos el cuello de su esposa, diciendo: -Ya no mereces vivir... muere ya que me has traicionado.

Nunca acentos tan indignados y furibundos, salieron de los labios de tan amoroso marido.

Blanca, comprendió que verdaderamente D. Serafín trataba de estrangularla, y dio voces, pidiendo socorro. Faustina llegó presurosa, seguida de toda la servidumbre de la casa, y volvió a salir despavorida, gritando:

-El señor va a matar a la señorita ¡auxilio!, ¡auxilio!

Blanca huyó desolada, dejando en poder de los criados a D. Serafín, que con su atiplada voz, hablaba y gritaba desaforadamente.

Este suceso, dio lugar a grande alborotó y movimiento en la casa. Las vecinos «de los bajos» acudieron temerosos de algún acontecimiento que demandara su auxilio.

Todos los circunstantes impusiéronse de lo acaecido; y esto era inaudito.

El señor Rubio había pretendido estrangular a su esposa, sin duda por el delito de adulterio.

  —171→  

Y D. Serafín que estaba fuera de sí, y a más, era violento e imprudente en todas las situaciones de su vida, no se guardó de vociferar, de gritar y echar a los cuatro vientos su deshonra.

Puso de jueces y testigos a los vecinos y criados; les refirió cómo él había amado a esa mujer, cómo jamás pensó en otra cosa que en complacerla, en verla feliz, y todo ¿para qué?, para que ella le dijera que había perdido estúpidamente su fortuna, la fortuna de él, sí señor, porque ella vino a su poder sin un Cristo, o más claro, con mucho dinero que ella debía y que el pagó a sus acreedores.

Un señor gordo, que por más señas, le debía tres meses de arrendamiento de la tienda que ocupaba; trató de consolarlo diciéndole: -Así son todas las mujeres, mientras más se desea agradarlas, más ingratas se muestran. Ud. señor Rubio, es un hombre de muchos méritos, y debe U. ponerse muy por encima de estas pequeñeces de la vida.

D. Serafín se paseaba en la habitación con fuertes y acelerados pasos.

Largo rato permaneció allí, retorciéndose con furia los bigotes y acariciando en la mente siniestros planes de venganza y tremendos castigos para la culpable esposa.

Lenta y gradualmente recuperó la calma y la serenidad de ánimo.

Pasado el primer ímpetu colérico y que siempre era ciego y arrebatado, fácilmente se disipaban sus iras.

Se retiró a sus habitaciones.

Esperaba que Blanca llegaría a darle explicaciones de sus palabras, o quizá a pedirle perdón de su falta.

Se recostó en el diván de su escritorio y exhaló largo y doloroso suspiro.

En este momento sintió languidez en el estómago, recordó no haber aún almorzado.

¡Y eran las dos de la tarde!...

Llamó tocando al timbre.

-Traigame de almorzar aquí -dijo al mayordomo del servicio; que acudió a la señal dada.

El criado se apresuró a servirlo, no sin asombrarse, que después de la escena que acababa de pasar, estuviera el señor pensando en almorzar.

D. Serafín, almorzó con no mal apetito, eso sí, suprimió   —172→   los huevos fritos por ser alimento demasiado bilioso, y para neutralizar su bilis, tomó una copita de pose café.

Cuando se levantó de la mesa, su espíritu había sufrido completa metamorfosis.

¿Dónde estaban sus siniestras ideas, su sed de venganza y todo aquel estado del alma producida por su exaltación nerviosa?

Recordó haber leído, no sabría decir donde, lo que al concepto de los materialistas era el alma: combinaciones, vibraciones de la materia; secreciones del cerebro, idénticas a cualquiera otra secreción del cuerpo. Y a pesar del misticismo de sus creencias, que más de una vez le llevaron a presentarse como porta-guión en las procesiones religiosas; estuvo a punto de pensar como piensan los materialistas, y negar la existencia del alma.

Lo que sí podía asegurar prácticamente, era que el estado del alma depende directamente de las funciones del estómago.

Encendió un habano legítimo. El humo del buen cigarro, contribuye en gran parte a disipar las penas de la vida, -pensaba don Serafín.

Quiso volver a leer la carta de Alcides. Recordó que después de haberla leído Blanca, él volvió a apoderarse de ella, pensando que no debía desprenderse de lo que era el cuerpo del delito.

Sacó la carta del bolsillo del pantalón, estaba plegada, arrugada echa un burujón; la desarrugó con cuidado, la leyó dos veces, antes no tuvo tiempo de leerla más de una vez.

¡Qué barbaridad! ¡Pero si es que la carta de Alcides, era la mejor justificación de su esposa!...

¿Qué decía ese documento? ¡Qué Alcides debía casarse aquella noche con Josefina!...

Luego era lógico y terminante, que si se casaba con la costurera de su mujer, no había de ser porque prefiriera el amor de la una al de la otra; esto conceptuábalo él, como la más estupenda insensatez.

Si Alcides hubiera tenido la más remota esperanza de conquistar el corazón de su esposa no había de ir a casarse con la costurera.

D. Serafín se colocó en esta disyuntiva; o Alcides era un tonto digno de exhibirlo como el mayor que puede existir   —173→   en el mundo, o Blanca era inocente y digna de admiración, justo que el matrimonio de su más ferviente adorador implicaba el más terminante rechazo dado a las pretensiones de él.

Hasta le ocurrieron dudas sobre si efectivamente, aquel día que él sorprendió a Alcides arrodillado a los pies de su esposa, estaría verdaderamente pidiéndolo la mano de Josefina.

Volvió a leer de nuevo la carta, meditando cada una de las palabras, y queriendo descubrir, no sólo el sentido que Alcides había querido darles, sino también la intención con que habían sido escritas.

Verdad que también de esa carta se desprendía la horrible verdad de haber ido Blanca a buscar a Alcides a sus propias habitaciones, y que, al darse con el retrato de Josefina, habíalo destrozado en mil pedazos, lo que bien pudiera ser por celos...

Pero en conclusión, lo claro y lógico que él deducía de todo aquello era, no haber sido jamás, Alcides, el amante de Blanca.

Luego hubo injusticia en sus palabras y mayor injusticia en sus acciones.

¡¡¡Él intentando estrangular a su esposa!!!...

¡Dios mío! A qué extremos pueden conducir los celos y la indignación...

Y lo más grave del caso, era que, Blanca, mujer vanidosa, altiva y engreída, sería muy capaz de cualquier locura con tal de vengarse y castigarlo.

Pensó dejar pasar algunas horas hasta la noche, para ir a buscarla, y a pretexto de pedir explicación de las crueles palabras de ella, llegar a una sincera y eterna reconciliación.

¡Ah! ¡Hoy más que nunca lo necesitaba; hoy que la suerte despiadada le arrastraba hasta el borde de un abismo, del abismo de la miseria!

Se dirigió a su escritorio; quiso darle otro curso a sus ideas, ocupándose en arreglar algunas cuentas y recibos algo desordenados.

A duras penas llegó a fijar su atención en otro asunto que no fuera aquel que embargaba su inteligencia.

A las siete de la noche pensó, que calmado el ánimo de   —174→   su esposa, y recuperada en ambos la serenidad de espíritu, deber suyo era, ir donde ella.

Al tomar tal resolución acobardose horriblemente, y se llenó de terror. Su situación dificilísima, presentósele clara y distintamente.

¿Qué excusas podría darle a su esposa?

¿Qué satisfacción cabía cuando Blanca se había defendido de él, que ciego, loco, trataba de estrangularla?

¡Ah! Y después de todo, Blanca era inocente, lo adivinaba, lo presentía, casi estaba convencido de no equivocarse.

La idea de que ella pudiera pensar en recurrir a alguna medida violenta, tal vez en una separación judicial, alegando haber sido víctima de un conato de homicidio... ¡Oh! Esta horrible idea le ofuscaba la razón.

¡Perder a su esposa, después de haber perdido su fortuna!... ¿Qué podía haber en la Tierra ni en el Infierno comparable a esta desgracia?...

Pronto, pronto una reconciliación, y si era necesario, le pediría de rodillas perdón por haber dudado un momento, sí, nada más que un momento de su fidelidad.

Desechó todos sus temores y se dirigió resueltamente a las habitaciones de ella.

Encontró a Faustina.

-¿La señora está en su dormitorio?

-No señor, salió temprano.

-¡Cómo! ¿A qué hora ha salido?

-Antes de almorzar salió.

-¿No dijo a la hora que volvería?

-No, pero dejó una carta escrita.

-¡Una carta! Ahora mismo, dámela.

D. Serafín azorado, trémulo tomó de manos de Faustina esa carta de su esposa.

Abrió, leyó, mortal palidez se extendió en su rostro, y un ligero temblor del labio inferior, denotaba, cuanta angustia había en su alma.

-Mi sombrero, dame mi sombrero... Se ha fugado con él... Yo debo matarlos... ¡Ah! ¡Ya es tarde!... ¡¡Ya es tarde!!...

Y don Serafín, después de dar algunos pasos desconcertado y tembloroso, cayó como herido por un rayo.

  —175→  

Y la carta que tal trastorno le causara, era simplemente resultado de las extravagancias y astucias de Blanca.

Quiso castigarlo, vengarse de su osadía, diciéndole: -Nuestro matrimonio está para siempre disuelto. Voy a unirme al único hombre que amo. Adiós para siempre.

¡Bárbara! mejor elección hiciera hundiéndole afilado puñal en el corazón.

Y en vez de irse a casa de Alcides, como supuso él, Blanca, no había hecho más que irse a casa de su madre, a donde estaba segura iría su esposo a pedirle mil perdones, y retornarla al desierto hogar.

¡Ir a buscarla Alcides, ni aun como tentación se le ocurrió tal idea, para que, sino para morir de desesperación y dolor, podía ir ella a donde el novio de Josefina!

Castigarlo a él, muy justo, puesto que se había atrevido a llevar sus manos a la garganta de su esposa con intenciones de estrangularla.

Pero es el caso que Blanca, no contaba que tan estupendo efecto pudiera producirle a don Serafín, ese eterno adiós dado sin más fin que traerle un buen susto.

¡Ah! Dos horas más tarde él, presa de fiebre violentísima, deliraba con todos los síntomas de la locura.

Su razón herida de muerte con la pérdida de su fortuna, no halló apoyo al encontrar perdido, también el amor de su esposa.

Ocho días después, los médicos declararon que don Serafín, era víctima de incurable enajenación mental, y pasó a ocupar una celda entre los locos furiosos de la casa de insanos.

En su violentísima desesperación, pedía a gritos el castigo de su culpable esposa, y pretendía forcejando furiosamente ir a estrangularla.




ArribaAbajo- XXXI -

Algunos días habían ya trascurrido después de aquel en que, el señor Rubio, por orden de una junta de facultativos, había pasado a ocupar una celda en la Casa de Insanos; Blanca iba por las solitarias y polvorientas callejuelas   —176→   que conducen al Cercado; sola meditabunda llorosa, cuando vio venir un lujoso coche tirado por un par de briosos alazanes.

Espesas nubes de polvo, levantadas por el coche, envolvieron en sus remolinos, a la en otro tiempo, altiva señora de Rubio. No por esto ella dejó de ver a dos personas que iban en el coche: -¡Es ella! ¡Ella en coche lujoso y yo a pie, por estos callejones, asfixiándome con el polvo de su coche!... ¡Yo en la miseria!... Ella en el más fastuoso lujo. ¡Dios mío! ¡Qué crimen he cometido que así me castigáis!... y el llanto ahogó su voz.

A su vez Josefina decía a Alcides:

-¡Pobre Blanca! Irá a ver a don Serafín, que según dicen ha venido a ocupar una celda entre los locos furiosos.

-¡Desgraciada mujer! Hoy vive humillada, deshonrada cuando en realidad ella no ha cometido sino faltas muy leves.

-¡Cómo! ¿Insistes en negarme que tú has sido uno de los amantes de la señora de Rubio?

-Sí insisto, y te lo juro a fe de caballero.

-Sin embargo, era la voz pública,

-Te diré más, abrigo el íntimo convencimiento, que ni uno solo de los que han sido designados como amantes de ella, ha alcanzado ni aun, a besar la orla de su vestido.

-Pero cómo es posible que sucedan tales absurdos y tan estupendas injusticias.

Entonces Alcides explicó a Josefina, cómo las excentricidades, la despreocupación y el qué se me da a mí, con que Blanca desafiara al qué dirán, esa mano invisible de la opinión pública, que tantas veces hiere ciega y estúpidamente; eran las causas de la deshonra de la señora de Rubio.

A la opinión de Alcides, Blanca no había cometido otra falta que jugar con eso que se llama la reputación, palabra elástica y acomodaticia, que unas veces es frágil y quebradiza, cual si fuera de pobre cristal, y otras es fuerte y resistente cual si fuera de rico y macizo oro.

Para los que conocían como Alcides, íntimamente la vida de Blanca, las desgracias y la deshonra que la acompañaban; no era sino el resultado fatal de aquella excepcionalísima manera de ser que ella tuvo en sociedad.

Alcides la condenaba como coqueta, disipada, malversadora;   —177→   pero jamás la juzgó adúltera, ni mucho menos, como liviana y fácil mujer.

La caída de Blanca Sol fue sonada y estrepitosa como la caída de un astro, del astro más brillante y esplendoroso que lucía el aristocrático cielo de la sociedad limeña.

Y las que la odiaban porque siempre se vieron inferiores a ella; las que, como la señora N. a la cual Blanca llega a arrojar de su casa por indigna de rolarse con las señoras de su sociedad; ellas, en venganza de las ofensas y humillaciones sufridas; propalaban calumnias o inventaban historietas, holgándose grandemente con la ruina y el total eclipse de la que por tan largo tiempo fue reina de los salones y tipo perfecto del buen gusto y la elegancia.

Larga y enérgicamente luchó Blanca contra la miseria, que abriendo sus horribles fauces, acercábasele amenazando devorarla a ella con sus seis hijos.

Pero... no hubo remedio. Los agiotistas se llevaron los muebles y los acreedores se apropiaron de las fincas.

Ante la fuerza de los acontecimientos, se vio obligada a dejar su lujosa y elegante morada, para ir con sus hijos a ocupar modestas habitaciones que sólo le costaban quince soles: eran de las llamadas piezas de reja.

Su menaje de casa, quedó reducido a algunos modestos muebles y otros menesteres indispensables para su vida de indigente a la que tan bruscamente había llegado.

Instalada en su nuevo y modesto domicilio, cuidó especialmente de procurarles a sus hijos, cuantas comodidades y desahogos pudieran prestarles en la triste condición a la cual quedaba reducida.

Aunque estaba aturdida, desconcertada, sin darse cuenta de aquella sucesión espantosa de acontecimientos; prestaba atención a los quehaceres de su hogar.

Diariamente érale forzoso, para llenar urgentes necesidades, llevar algún objeto, a la casa de préstamo, llenando ella misma estas diligencias, que le ocasionaban grandes contrariedades.

Cuando en la calle encontraba alguna persona conocida, volvía la cabeza del lado opuesto y fingía no haberla visto.

Lentamente como recupera la razón un aletargado, así principió ella a volver de su estupor, de su atonía, reflexionando fríamente sobre su situación. Entonces una resolución   —178→   enérgica se acentúo en su espíritu, y horrorizada exclamaba ¡Oh! ¡Y no hay remedio!

Pensaba que tenía seis hijos a los que ella debía alimentar, vestir educar... ¡Ah! Y para llenar estos deberes necesitaba dinero, mucho dinero.

Del estupor del aturdimiento, pasó al dolor extremado, ala desesperación, y su vida llena de penurias, se le presentaba con sus continuos apuros, con su creciente desdicha en la que iría mal pasando su irremediable situación.

¡A qué recurso apelaría, a qué arbitrio se acogería, cuando hubiera vendido todo lo que poseía vendible! ¡Cómo era posible que ella, sintiéndose sin fuerzas para ganar su propia subsistencia, pudiera subvenir a las necesidades ineludibles, apremiantes de sus hijos!...

Entonces se cubría el rostro con ambas manos y lloraba, lloraba amargamente.

Días hacía que tomaba algunas copitas de pisco, el aguardiente le reincorporaba el ánimo, y disipaba las horribles ideas que se amontonaban en su cerebro.

La primera copa la tomó el día aquel que vio a Josefina y a Alcides, en lujoso coche, mientras ella iba a pie al Cercado.

¡Dos espectáculos horribles! ¡Josefina al lado de Alcides del esposo amado del mismo hombre que ella amaba!..., y luego, otro espectáculo más horrible. Don Serafín, encerrado en una celda, loco furioso, pidiendo, demandando a gritos una arma, un puñal, un revólver para ir a matarla a ella.

Cada vez que este recuerdo se le presentaba, corría y tomaba la botella, llenaba una copa y con la risa nerviosa y el acento de indecible amargura decía:

-A la prosperidad de mi porvenir -y se vaciaba de un solo trago toda la copa.

Al principio acompañaba estas desmedidas libaciones con estremecimientos y gestos, producidos por la impresión del alcohol, pero luego, fue disminuyendo la impresión recibida y había llegado a saborearlo, tomándolo a cortos sorbos para gustar mejor de él.

Sus acostumbradas palabras, al tomar por la prosperidad de su porvenir, repetíanse con harta frecuencia, a medida que más sombrías eran las lontananzas de su mísera vida.

  —179→  

Su pobreza fue día a día tomando más alarmante aspecto, y después de haber vendido sus ricos y lujosos vestidos, lo último que de sus pasadas grandezas le quedara; fue preciso principiar a vender la ropa blanca. Y en sus apremiantes apuros, vendía a vil precio objetos valiosos.

Así, la prenda que había costado cuatrocientos soles se desprendía de ella por cuarenta, y a este tenor fueron todas sus ventas.

Cuarenta soles, sobre los que era preciso echar cuentas para que alcanzaran siquiera para ocho días.

Tanto para la lavandera, tanto para zapatos, tanto para la casa; y después de cuatro o seis tantos, le sucedía que perdía la cuenta, y se le calentaba la cabeza.

Ella estaba acostumbrada a las cifras redondas, cuatro, cinco mil soles, pagadas por una alhaja, por un ajuar de muebles; pero aquello de dividir una cantidad para repartirla en porciones pequeñas, haciendo al fin el milagro de que alcanzara para todas sus necesidades ¡oh!, eso era horrible, casi irrealizable.

Al fin un día le faltaron los vestidos. ¡Los había vendido todos!...

Ese día tomó más de una copa, acompañándolas con esa indescriptible risa, con la risa del ángel caído. -Por la prosperidad de mi porvenir -decía- y temblaba cual si en su mente se le presentara un cuadro horrible que le espantaba.

En todo el tiempo trascurrido, desde que ocupaba esas piezas de reja; se había negado a recibir visitas. Sólo una visita hubiera ella recibido, y esa no la esperaba: era la de Alcides.

De su antigua servidumbre sólo le quedaba una criada esta era Faustina, que fielmente la acompañaba, horrorizada también ella, al ver, cuán rápidamente es posible pasar, del lujo, del fausto, a lo que ya más que pobreza, era miseria.

Faustina, entendía en el manejo de la casa, y Blanca cuidaba de los niños. El último contaba sólo un año y nueve meses. La edad de las gracias y de los más dulces encantos.

¿Por qué fatal sucesión de acontecimientos, había podido vivir sin comprender, sin adivinar, que a su lado, colgada de sus faltas, había tenido a la verdadera, a la imperdurable   —180→   felicidad de la mujer?... ¿Por qué no había seguido los consejos de su esposo, cuando le decía que debía consagrarles algo más de atención a sus hijos y un poco menos a la sociedad?...

Y después de estas tristes reflexiones, estrechaba contra su corazón y acariciaba con mayor fervor a su hijito, el menor, al que más frecuentemente estaba con ella.

Otras veces miraba enternecida a sus hijas; eran dos; las mayores. ¡Ellas si que eran dignas de compasión! ¡Mujeres! ¡Pobrecitas!... Y las contemplaba arrasados los ojos en lágrimas.

Algunas veces pensando en el porvenir de sus hijas, se sentía con fuerza, con gran valor, para arrostrar las penalidades de la miseria, y volver a la senda del deber, del bien, para poder llegar a llamarse mujer virtuosa. Pero luego, aquella risa llena de hiel y despecho, asomaba a sus labios, y concluía por prorrumpir en una risotada diciendo: -¡Me había olvidado que la virtud no es un potaje que puedo poner a la mesa para que coman mis hijos!...

-Y pensaba que recobrar su antigua posición social le sería ya tan imposible como pretender tomar el cielo con sus manos. Sabía con cuánta publicidad se comentaban mil historietas referentes a ella, todas a cual más denigrantes para su honor y su buen nombre de señora. Sabía que la escena aquella con el agiotista inglés, horriblemente desfigurada y aumentada, corría de boca en boca. Fue, decían, a robarle las alhajas, ofreciéndole pagarlo con su amor. Y a este tenor mil otros lances, que en las oficinas ministeriales y en los establecimientos donde se reúnen los jóvenes alegres y desocupados, servían de tema a los que, regocigábanse quizá demasiado, al ver cuán irremediable era la caída y la total ruina de la que, hasta entonces, creían que había insultado a la moral y desafiado a la opinión pública.




Arriba- XXXII -

Al fin llegó un día en que Blanca Sol, se vio sola, desamparada, humillada, hundida en la miseria, y sin más recursos que sus propias fuerzas, o mejor, su propia belleza, y   —181→   entonces profunda reacción operose en su alma. Y con mirada fría, calculadora, dirigió su vista hacia el pasado y también hacia el porvenir.

¿Qué culpa tenía ella, si desde la infancia, desde el colegio enseñáronla a amar el dinero y a considerar el brillo del oro como el brillo más preciado de su posición social?...

¿Qué culpa tenía de haberse casado con el hombre ridículo; pero codiciado por sus amigas, y llamado a salvar la angustiosa situación de su familia?

¿Qué culpa tenía si, siendo una joven casi pobre, la habían educado creándole necesidades que la vanidad aguijoneada de continuo por el estímulo, consideraba como necesidades ineludibles, a las que era forzoso sacrificar afectos y sentimientos generosos?

¿Qué culpa tenía, si en vez de enseñarla la moral religiosa que corrige el carácter y modera las pasiones, sólo la enseñaron la oración inconsciente, el rezo automático y las prácticas externas de vanidosas e impías manifestaciones?

¿Qué culpa tenía ella de haber aprendido en la escuela de la vida a mirar con menosprecio las virtudes domésticas, y con admiración y codicia las ostentaciones de la vanidad?

¡La sociedad! ¿Qué consideraciones merecía una sociedad, que ayer no más, cuando ella se presentaba como una gran cortesana, rodeada de sus admiradores, los que eran conceptuados por amantes de ella, la adulaba, la mimaba, la admiraba, dejándole comprender, cuánta indulgencia tiene ella, para las faltas que se cometen acompañadas del ruido que producen los escudos de oro?

Y después de dirigirse a sí misma estas crueles preguntas: la señora de Rubio, miró sus manos delicadas, que jamás se sirvieron de la aguja ni el dedal, miró su cuerpo siempre gentil y donairoso; miró sus labios rojos, aunque finos y delicados, rebosantes de voluptuosidad y sus ojos grandes llenos de vida y de pasión, y volvió a sonreír con la risa del ángel caído, que desafía todas las iras divinas y todas las fuerzas humanas.

En adelante ya sabría lo que debía hacer.

Necesitaba otro género de vida, puesto que era ya otra la atmósfera social en que debía vivir.

  —182→  

Si antes no tuvo más que muchos adoradores a quienes había despreciado, hoy tendría muchos amantes a quienes despreciaría aún más.

La vejez que paga bien la caricia vendida, y la juventud que rodea entusiasmada a la mujer hermosa, que quiere, no huir del vicio, sino precipitarse en sus brazos; y busca aliados que la sigan y la impulsen adelante; esos y no otros, serían en el porvenir, sus recursos y sus elementos de vida.

Y ¿quién sabe, si muriendo don Serafín, como era muy posible, ella llegaría a casarse con algunos de esos viejos ricos; llegados a la caducidad, que han menester de la juventud para llenar la tonicidad de su organismo?

¿No tenía ella en sociedad más de un ejemplo de algunas de las que habían subido por este camino a la más alta posición social?

Si la sociedad la repudiaba, porque ya no podía arrastrar coche, ni dar grandes saraos y semanales recepciones, ella se vengaría, despreciando a esa sociedad y escarneciendo a la virtud y a la moral.

Quiso hacer un examen de conciencia, y rememoró toda su vida, sometió a juicio los acontecimientos y las personas, que hubieran de alguna manera contribuido a lanzarla en su desgraciada caída.

Y cual si de tan justiciero proceso mental al que su conciencia la sometiera, resultaran otros culpables, y ella sola inocente; de sus indignados labios, brotó esta cruel exclamación:

-¡Miserables! ¡Si yo poseyera hoy mis cuatro millones de soles, nadie se atreviera a pedirme otra virtud, que la de mi riqueza!...

Una lágrima humedeció sus hermosas pupilas, lágrima que ella se apresuró a enjugar con rabiosa indignación, como si a mengua tuviera llorar, como si el llanto fuera en esa circunstancia, signo de debilidad y no signo de arrepentimiento. Su ceño se arrugó y su expresión sombría, manifestaba que por su alma pasaban pensamientos amargos y proyectos horribles.

Llorar ¿para qué y por qué? ¿Era acaso ella culpable?

No sentía el dolor del arrepentimiento sólo sí, el coraje, la indignación de la víctima, que se considera castigada con bárbara crueldad o inmensa injusticia.

  —183→  

Sentíase irresponsable de las faltas cometidas y fatalmente lanzada en la única senda que le fue dable seguir.

Recordaba a todas aquellas amigas suyas, que como ella habían brillado en la misma sociedad, y conservaban siempre las consideraciones y homenajes que antes les tributaron. Y esas habían cometido faltas muy graves y muy verdaderas, y no como las suyas, supuestas y leves: leves, sí, puesto que ella jamás le fue infiel a don Serafín.

¿Por qué sucedía esto?

La señora de Rubio, no trepidaba en definir esa anomalía con esta amarga frase:

-¡¡Yo he perdido mi fortuna y ellas la conservan todavía!!...

Luego pensó, que a seguir en la vertiginosa caída, hacia donde la arrastraba la ruina irreparable de su fortuna, llegaría bien pronto hasta no encontrar más recurso que la mendicidad.

¡Vivir de limosna! ¡Qué horror! ¡Oh! ¡Nunca, jamás descendería hasta ese extremo! Preferible era ir por otra senda a... En este punto el pensamiento de Blanca se detuvo sin atreverse a pronunciar ni aun mentalmente la palabra, que definía su porvenir, tal cual ella quería aceptarlo, y prorrumpió en una de esas carcajadas estridentes, henchidas de indignación e impotente coraje.

Y volvió a su mente la comparación de otro día. Ella pobre como Josefina, más que Josefina, la mísera costurera, que un día ella sacó de un entresuelo de la calle del Sauce...

Y en la altivez de su carácter, juzgábase más degradada, muy más envilecida, recogiendo humildemente las limosnas que sus amigas quisieran darle, que buscando la riqueza por la senda en que ella se proponía buscarla.

¡Pues qué! ¿Acaso había llegado a la edad en que la mujer, deja de ser un poder, una fuerza, una voluntad, que se impone como ella estaba acostumbrada a imponerse? No, aún estaba joven, aún estaba hermosa, y no llegaría jamás a humillarse ante aquellas a quien ella tanto humillara y otro tanto deslumbrara...

Largas horas pasaba urdiendo y combinando planes, para el porvenir, para ese porvenir, por cuya prosperidad tantas copas apurara, no de hiel, sino de pisco, comprado de la pulpería, a veinte centavos la botella; y uno de sus   —184→   proyectos era, reunir en una sola noche a todos sus antiguos amigos, a sus más apasionados adoradores, para decirles: -Aquí está Blanca Sol, la gran señora que tanto las mirabais y codiciabais; aquí está, flagelada por todas las infamias del gran mundo y contaminada de todas las llagas sociales. No he salvado de mi naufragio más que mi belleza; yo os la doy; no, es que necesito dinero y la vendo; la vendo al mejor postor...

Y aquí sus ojos centellaban llenos de cruel despecho e indignación.

Y ellos, los que la elevaron cuando la juzgaban muy rica, para después hundirla porque la veían pobre; ellos, pagarían con su propio dinero sus veleidades e injusticias. Y ese dinero, que tal vez provendría de las economías, largo tiempo reunidas por algún enamorado, próximo a ser un buen esposo, un padre de familia, pasaría a sus arcas, a las arcas de ella, para que pudiera satisfacer sus hábitos de lujo, contraídos desde la infancia, y que por largo tiempo fueron la aureola radiosa de su codiciada posición social.

Y con esa especie de peroración, que llegaría a ser como gran campanazo que tendría horrible resonancia en todos los salones de Lima; y pasando de boca en boca repetida por todas las de su clase, las de su alcurnia; llegaría a los oídos de Alcides, y tal vez él, hastiado de la insípida belleza de Josefina, vendría a buscarla a ella. ¡Oh! ¡Entonces quedaría vengada, quitándolo el marido a Josefina y arrojando un poco de fango sobre esa sociedad que la repudiaba!...

Otro día pensó, que antes de lanzarse en la nueva vida, que como resultado de su caída le era forzoso aceptar, debía probar, si aún era posible reconquistar el corazón de él, de Alcides, al que, a pesar de todos los acontecimientos, amaba entonces más que nunca.

Los hombres son tan volubles, tan inclinados al mal, que bien pudiera suceder, que a pesar de su amor a Josefina, quisiera sazonar su vida, aceptando una querida.

Y de querida de Alcides, se imaginaba estar menos prostituida que lo estuvo de esposa de D. Serafín.

El amor, sólo el amor, podía a su concepto, purificar, ennoblecer su vida.

Escribió una carta dirigida a Alcides, carta apasionadísima,   —185→   romántica, llena de sentimiento, de súplicas, de ruegos; le pedía que viniera a verla, una vez, una sola vez. Le reprochaba su volubilidad, recordándole su amor al que ella por su mal dio crédito, y concluía diciéndole que Blanca Sol, aquella mujer que un día él juzgara como coqueta sin corazón, era la misma que hoy le llamaba para caer en sus brazos, rendida, ebria, loca de amor.

Alcides recibió la amorosa misiva, leyola con la sonrisa de la compasión, y la indolencia del desinterés, y después de romperla en mil pedazos, echó en olvido las súplicas de Blanca.

Ella no desesperó con esta nueva decepción, y luego se dio a combinar otro nuevo proyecto, aún más atrevido: dirigirse personalmente a él, buscar ocasión para hablarle.

Si antes, cuando todavía se creía una gran señora, tuvo valor para ir a buscarlo, cuánto más no debía de ir hoy, que ya no era la misma de ayer.

Blanca sabía que Alcides salía todas las noches, unas veces solo, otras con Josefina, para ir de visita a casa de algún amigo.

Pues bien, allá, a la puerta de su casa iría ella a esperarle cuando saliera.

Siguiendo este proyecto, a las nueve de la noche se dirigió a la calle de Boza.

Alcides salió aquella noche con Josefina.

¿Cómo fue que pudo dominarse hasta el punto de no arrojarse sobre su antigua costurera, y morderla, destrozarla, comérsela viva!... ¡Oh! Ella misma no podía explicarselo.

Su corazón, aquel corazón que el mundo juzgaba insensible al amor; pareciole que iba a romperle el pecho tan violentos fueron sus latidos. Alcides hablaba con Josefina, y aunque Blanca no llegó a percibir las palabras, oyó aquellas modulaciones de su voz. ¡Ay! ¡Eran las mismas con que él tantas veces le había hablado de amor!...

¡Cuantos acontecimientos desde la última vez que ella le tuvo arrodillado a sus pies, aquel día que fue sorprendida por su esposo! ¡Cuántos acontecimientos y cuán desgraciados todos para ella!...

Miró fijamente a Alcides; podía verlo sin ser vista. Le pareció que había engrosado algo; pero conservando siempre su elegancia y gallardía.

  —186→  

A la noche siguiente volvió; pero algo más tarde; pensaba esperarlo, no a su salida de la casa, sino a su regreso a las once.

Era el mes de Julio, y densa y menuda lluvia, caía sin interrupción.

Blanca, llegó a la puerta de la calle y se reclinó, recostando el cuerpo contra el muro de la casa: estaba yerta de frío y mojada por la lluvia.

A pesar de la expresión angustiada de su semblante; diríase tan hermosa como en sus felices y mejores días.

Cuando entre los transeúntes, veía alguna persona de aspecto de «gente decente», echaba a camina, y luego volvía a su apostadero.

Esperó media hora; eran las once y media, él no debía tardar.

Alcides llegó una hora más tarde que de ordinario; no importaba, ella le hubiera esperado toda la noche. Blanca iba preparada a hablar mucho, a manifestarle cuán felices podían ser, si él consentía en seguirla, iba a abrirle su corazón, a pedirle su felicidad, a entregarle su porvenir. También se preparaba a exponerle toda una serie de ideas, algo subversivas contra el matrimonio; contra esa obligación impuesta al amor a la que sólo almas vulgares pueden someterlo. ¡Ah! Ella desplegaría toda su astucia, toda su inteligencia para seducirlo y... ¿quién sabe?... ¡Aún era posible salvar su porvenir y labrar su felicidad!

Por desgracia la elocuencia, ni el bien decir, jamás han sido manifestaciones propias del amor ardiente y apasionado, y a pesar de sus largos y estudiados proyectos, no llegó Blanca a decirle a Alcides, ni poco ni mucho de lo que ella ansiaba, o hubiera podido hablar, si el amor no hubiera paralizado su lengua.

Y lejos de conquistar el amor de Alcides, sólo llegó al más cruel rechazo.

Es que Alcides, no estaba muy seguro de sí mismo y al sentirse débil para resistir a las seducciones de la mujer que tan tiránicamente lo dominara; quiso levantar entre los dos un muro, y ese muro, no pudiendo ser su enérgica voluntad, sería su cólera, su indignación, su temor de caer nuevamente a los pies de ella, y ver perdida su felicidad, malogrado su matrimonio; de aquí el que él le hablara con la matadora elocuencia de la indignación, del   —187→   desprecio, llevando su temeridad hasta decirle que, puesto que se andaba en pos de hombres con quienes prostituirse, buscara a otros, no a los que como él, tenían una esposa amada, que les ofrecía cumplida felicidad.

¡Ah! ¡Y es posible que tales palabras puedan oírse, vertidas por el hombre a quien se ama, como ella amaba a Alcides, y oírlas sin morir de dolor y desesperación!...

Blanca se alejó de aquel sitio con el semblante indignado y el aire resuelto, del que ve tocar a su término, y resolverse definitivamente, una situación de largo tiempo insostenible.

Iba jurándose a sí misma, no pensar jamás, ni pronunciar una vez sola en el resto de su vida, el nombre de Alcides; de ese infame, que había esperado verla abatida por las desgracias para insultarla y despreciarla.

Sentía que las lágrimas desbordadas del corazón, iban a llegar a los ojos; pero ella las dominaba, y en vez de llorar reía.

Pues, no faltaba más, que ella, Blanca Sol, llorara y ¿por qué? Porque a un hombre, a un miserable, le había dado en gana insultarla. ¡Llorar por él! ¡Cómo si no hubiera en el mundo otros hombres!...

Aquella noche tomó, no una, sino muchas copas repitiendo; -¡A la prosperidad de mi porvenir!

Y cuando se fue a su lecho, la casa daba vueltas; le parecía que todo danzaba a su alrededor, y sin poder desvestirse, cayó como desplomada sobre su lecho.

Al día siguiente, Faustina, al ver que la «señorita no se había acostado», y adivinando lo sucedido, contentose con este triste comentario: -La desgracia es capaz de esto y mucho más.

Nuevos sinsabores aumentaron aquel día las penas de Blanca; Faustina, muy compungida y llorosa le participó que, con gran pena, ella también dejaría la casa por serle del todo imposible seguir viviendo sin tener con qué comprar zapatos y pagar el lavado de la ropa limpia.

-¡Te vas porque no he podido pagarte tus sueldos!...

-No, señorita; pero ya U. ve que...

-Tienes mucha razón; pero quédate hoy y mañana tendremos ya dinero.

-¿Es verdad lo que está U. diciendo?

-Sí, sí, quédate.

  —188→  

-¿Van a devolverle su fortuna?

-No me preguntes más, mañana tendremos mucho dinero.

-¡Ah! ¡Gracias a Dios!...

Entonces Faustina le refirió muchas cosas, que por no afligirla, le había ocultado antes.

No era por falta de pago de sus salarios por lo que ella quería irse, no, es que el pulpero de la esquina, la amenazaba con llevarla a la Intendencia de Policía; caso que ella no llegara a pagarle cincuenta soles que le debía; y esta enorme deuda, provenía de las mil necesidades que diariamente se originaban en la casa; era el pan, eran las velas, que muchas veces eran de sobo; eran las menestras para la comida, y todo aquello que había necesitado y pedido al fiado.

Cuando en la noche los niños lloraban diciendo que tenían hambre, no se había atrevido a pedirle dinero a la señorita ¡ay! Ella sabía que muchas veces no tenía ni un centavo, y entonces pedía el pan a la pulpería.

Y a este tenor fueron las revelaciones de Faustina.

-Mañana pagaremos todas nuestras deudas -contestole Blanca.

Y al día siguiente, pidió a un fondista peruano, le preparara una cena criolla, queriendo así dar su primer protesta, contra todo lo que llevara el sello de su nobleza, de su aristocracia. Los licores quiso que fueran buenos y abundantes; las cuentas de la cena como del servicio de mesa, que fue preciso alquilar, serían pagados dos días más tarde.

Y así la señora Rubio, con la expresión de profunda desesperación, con el pulso trémulo y mordiéndose los labios, más como quien va a realizar crueles venganzas, que como quien va a llegar a un fin deseado; escribió varias cartas: la primera era para un viudo rico, un ex-ministro que le había rendido homenajes, furiosamente enamorado: otros muchos como este fueron también llamados: los invitaba a su casa para una cena de íntima confianza.

Blanca no dudaba un momento que sus invitados llegarían alegres y esperanzados. ¡Pues qué! ¡Acaso los llamaba pidiéndoles auxilio; demandándoles amparo, y suplicando le tendieran la mano para levantarse de su caída!...   —189→   Ella estaba bien segura que por el tenor de sus cartas, dejaba adivinar bien claro, que ella no decía: -¡Ven, ayudame a salvarme!, -sino al contrario: -Ven, acompañame a perderme...

Y con su acostumbrada sonrisa decía: -¡Nos perderemos todos!...

También hubieron mujeres invitadas; las vecinas del segundo piso: jóvenes y bonitas, que según informes recibidos, eran «mujeres de vida alegre».

-¿Se habrá vuelto loca Blanca Sol? -Se preguntaban unas a las otras mirando y remirando una esquelita de la señora de Rubio, en la cual las invitaba a tomar «una tacita de té» en compañía de amigos íntimos.

No, ella no había perdido el juicio: pero sí se preparaba a hacerle perder el juicio y la fortuna a muchos hombres.

Blanca no se equivocó, todos sus invitados acudieron presurosos. Y ella los esperó vestida sencillamente con bata de casa, como si quisiera manifestarles que esa invitación no era más que el principio de otras muchas que diariamente daría ella en su casa.

En la expresión de su semblante y en todo su porte, había algo insólito, algo extraordinario; era el descaro, la insolencia de la mujer que quiere expresar con sus acciones lo que no puede decir con el lenguaje hablado.

Ya llegará el momento que lo diga todo, pensaba ella: y sus palabras fueron tomando el tinte subido que retrataba su pensamiento y sus designios.

Y durante la cena ella dirigíase esta pregunta. ¿Qué pierdo esta noche? Y se contestaba a sí misma: ¡Nada; puesto que el honor y mi reputación los he perdido ya! Pero si no pierdo nada puedo ganar mucho, mucho...

¡Mañana habrá dinero para pagar mis deudas!...

Y después de la cena hubo grande algazara, loca alegría, cristales rotos, palabras equívocas y Blanca llegó hasta... ¡Silencio!...

No se debe describir el mal sino en tanto que sirva de ejemplo para el bien.

FIN