Bienvenida a Di Benedetto
Santiago Sylvester
La muerte de Antonio Di Benedetto no fue inesperada para mí ni para nadie que lo haya frecuentado durante sus años de exilio en Madrid: se había ido apartando paulatinamente de todo, cada vez más enjuto, más ensimismado, más escaso de materia, hasta el punto de que hubiera podido decir (privilegio de gran escritor el de poder plagiar a sus propios personajes): «Así es, estoy en el mundo, pero nadie lo sabe, aparte de nosotros»
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Es probable que los dieciocho meses que estuvo preso en una cárcel de la dictadura, en Argentina (esa cárcel que marca con la ignominia al carcelero, no al preso), no lo hayan abandonado nunca, hasta el día de su muerte, y que todo el tiempo que le quedó por vivir desde entonces no haya sido sino una larga convivencia con el rostro, seguramente horrible, de la más aberrante estupidez humana. La frase es retórica, lo sé, pero intenta explicar el aislamiento progresivo, la tristeza, la sensación de pérdida infinita que lo acompañó para siempre.
Una mañana en que almorzamos juntos lo oí contar de un simulacro de fusilamiento que debió de sufrir en aquella cárcel; y en ese simulacro, como en todo simulacro, alguna verdad se cumplió, y algo de Antonio quedó muerto en aquel patio.
Tal vez esto propició el hecho de que Madrid, su vida literaria, recibiera con tanta reticencia al escritor, a ese hombre ensimismado, sin demasiado humor, que llevaba y traía su tragedia privada por lugares no siempre frecuentados por los hombres de letras. Y esto es comprensible, el gregarismo exige otro tipo de ánimo.
Lo que en cambio sorprende más es que hasta ahora su obra siga siendo una desconocida de lujo en este país donde vivió casi diez años, que haya podido quedar al margen de la avalancha crítica y que siga esperando (no el escritor, que acaba de dejar de esperar, sino su obra) la difusión que toda sensatez literaria aconseja.
La muerte, a veces, sirve para esto; de ahí que estas líneas que escribí a toda prisa no tengan tanto la intención necrológica de despedir al amigo sino la de dar la bienvenida a su obra sólida, inquieta e inquietante, a la que tanto debemos los que empezamos a escribir después de él.