 Santa Clara
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 Queda detrás la puerta
cerrada y entre todas |
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me llevan hasta el fondo de la
sala. Es temprano: |
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pegado al cuerpo tengo el
sueño todavía. |
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Va cayendo mi ropa, que una silla
recoge, |
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y un traje de organdí me
reviste de blanco, |
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de trustrús y jaretas. Tengo
aún mucho sueño, |
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pero el velo me cubre la cara.
Reconozco |
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esta cruz de mi abuela, cuando los
bombardeos. |
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«Renuncio a Satanás,
sus pompas y sus obras». |
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Derecho el cuerpo, ensayo la
reverencia y sigo |
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un corredor que sale al cauce de
San Telmo. |
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Me quito las sandalias y chapoteo
el agua. |
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 El
Conde D.
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 Cada noche te espero desde antes de
acostarme, |
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y cuando sobrevienes, agregada
presencia |
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a mi quehacer, pareja de topacios
que rompe |
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contra la piedra azul serena de los
míos, |
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dócilmente interrumpo mi
sueño y, pues prefieres |
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las sombras, me levanto y cierro
las cortinas. |
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Ya puedes reclinar tu cabeza en mi
hombro |
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y aposentar tus dientes con su sed
en mi aorta, |
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boá de Transilvania que me
cercase el cuello. |
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El mosto de la muerte con su
empacho te alienta. |
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Me voy quedando fría en
tanto que amanece |
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y sorbes acremente mi paz a
borbotones. |
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 La
llave
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 Me despoja de mí el silencio
en las torres |
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que una llave de piedra o de plata
me abren, |
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y a las veras del agua se desnuda
de aljófar |
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y nácar la nostalgia. Deja
escurrir el mirto |
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una gota de aroma que sacude a la
alberca. |
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Puedo ungirme las yemas para dar
luz a un ciego. |
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Discurro con la noche. Los cipreses
se alzan. |
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Soy el vacío ya. Ni una voz
me sostiene. |
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 Con las luces del alba
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 A mitad de camino entre la mar y el
suelo |
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que hace fértil un gesto de
vida proseguida, |
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sobre la arena oscura expuesta al
sol, propongo |
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yo misma mi balance entre fruta y
olvido; |
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entre amor y despecho con las luces
del alba, |
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o las yertas palabras que acoge un
laberinto |
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de nácar y las vierte contra
el rumor del puerto. |
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 Campo de Villanueva
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 Tendida el largo suelo hasta dar en
los montes, |
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zurcidos sus retazos -verde,
cadmio, caldera-, |
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mansamente te mira, al cruzar, el
paisaje. |
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Vuela un zorzal en busca del olivo
cercano |
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con sobresalto apenas. Y
después vuelve todo |
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a su durar inmóvil. Salvo
tú, transitoria. |
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 Carta a Denise
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 Vuelvo a escribirte, Denise, sobre
la misma mesa |
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de preciosas raíces que
conociste y dan |
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savia a las siemprevivas y apoyo a
estas palabras, |
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resumen barnizado de un bosque.
Bien lo sabes, |
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tú, que coloreabas la fronda
del olivo |
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y eran tuyos los campos como mi
calle es mía |
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(y, cuando niña, el campo);
tú, que pusiste luz |
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-y una súbita sombra- en los
paisajes que en la pared me miran escribirte; |
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tú, voz albergada en
algún cuarto próximo, |
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de dulces sepias y azules
desvaídos a lo largo de las horas cortísimas que
recorrimos juntas. |
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Por eso ahora te escribo, Denise,
mientras me queda tiempo, cada vez menos tiempo, |
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porque van a llamarme a
través de esa pared contigua |
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y ya he cumplido de tu falta un
año |
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y no sé cuántos
días de condena. |
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 La
música
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 Volveré a tus estancias,
padre Haendel, y a encerrarme con clave |
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universal donde nada más
oiga, o sólo el roce |
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de una esfera celeste;
volveré a las estancias en las que fui creciendo |
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y aspiré alguna vez a un
sitio claro propio; |
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yo, la desterrada ahora, la del
exilio mudo por hastío de ti, |
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desdeñado el antiguo amor y
su servicio |
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bajo el ardiente arco del verano y
su caliente insinuación: |
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bien venida al silencio. |
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 Retrato de Frascuelo
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| Para Felipe Benítez Reyes |
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 Montera sobre el muslo, pie
pequeño, entrecejo |
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poblado, el fogonazo del magnesio
detiene |
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en tu recuerdo al toro y en el
sepia tu imagen, |
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como tuvo la tarde tu capote en
suspenso. |
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Yo te quito las medias de seda
rosa, el luto |
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rural de tu corbata, que en la
cómoda cubren |
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mi peina de carey, mi mantilla de
blonda. |
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 Naufragio
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| Para Floreal y Pepe Bornoy |
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 Como arreciaban más las olas,
y la casa |
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seguía en su costumbre sin
aviso, |
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asomé a la terraza mi
aprensión, y era cierto: |
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ya no veía el faro y
perdíamos pie |
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e íbamos zozobrando aguas
abajo, brea |
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y sal abajo y por la casa
adentro. |
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Caída en el turbión,
entorné las cortinas |
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por no alarmar
innecesariamente. |
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 La
rueda
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 Verdad es que en el mapa figuraba
distante, que una rueda |
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de mi maleta iba gimiendo, y que en
las bocacalles |
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su cansancio exponían con
razón mis tacones. |
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Signos quizás de
pérdida -de la esperanza al menos- en la ciudad oscura, |
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con mi mapa y más calles de
rótulos vedados. Y ese joven |
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que no sabría decirme sino
el raído azul de su bufanda |
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cuando busco un cobijo, de palabras
siquiera. |
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Andar y desandar con la ciudad
ajena como albergue |
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no mío: dádiva y
negación a un torpe rodamiento |
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que, de improviso, si ésta
es la Torre de la Pólvora, |
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acalla su insistencia en dar fin al
viaje. |
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 Reproche a Holan
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 Si ves Moldava abajo, río
abajo |
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-frente a la Isla de Kampa y el
Molino del Búho- |
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un cubo de basura tiernamente
mecido, |
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dulcemente mecido hasta el
agotamiento, |
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no pienses en el cuerpo de Ofelia
que las ratas horadan |
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entre sus muslos blancos, cubo
adentro, hasta el fondo; |
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preserva |
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su maternal secreto río
abajo. |
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 La
niña
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 La niña de trenzas y
flequillo, de babero y maleta a la espalda, |
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en la que me enseñaron a
reconocerme las fotos de los míos, |
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hoy, frente a mí, en este
cuaderno aparece. |
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Coincidencia feliz: de esa criatura
vine |
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para llegar a ella tras de un largo
camino. |
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Te lo ruego: sigue tú misma,
o vuelve y disfruta de tus padres aún jóvenes, |
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la borrega y el agua en el cauce de
piedra. No te preocupes: |
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soy una de esas señoras que
se encuentran a veces de visita en las casas |
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y cuyo nombre no vuelve a
recordarse. |
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 Puerto
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| Para Biruté Ciplijauskaité |
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 Escucho las campanas del puente de
los barcos: |
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septiembre es mes de
tránsito y una goleta viene |
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a llamarme a las islas, o el cuarto
se desplaza |
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lentamente. ¿Quién
parte |
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junto a los marineros o
quién roza mis muebles? |
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Oh puerto mío,
acógeme esta tarde, |
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envuélveme un pañuelo
de lana por los hombros |
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o llévame en un cuarto de
roble mar adentro. |
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 El
año que viene
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 Hacer girar el corazón contra
su aguja, |
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contra el tiempo y su sangre,
contra la memoria, |
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desploma mi pared.
¿Seré un rechazo |
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de piedra más, herida en el
escombro? |
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No crujas, por cansada, alma
mía enzarzada en mi pared, |
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en mi rodar del tiempo. Está
Jerusalén a tientas de la mano, |
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y ya piso su umbral. |
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 Jardín
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 Vuelvo a cruzar tus verjas,
jardín, vergel amable |
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una noche, hace tanto,
sabiéndome perdida |
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y deslumbrada, pero cierta en el
rumor del agua |
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y el aroma que alzaba hasta un
mirlo el parterre. |
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Vuelvo a cruzar tus verjas,
desolación de hoy, |
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crueldad del tiempo y tuya,
mientras canta el autillo |
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y los topos horadan el
césped bajo el suelo; |
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tú, plenitud que
fuiste, |
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ya olvidado el afán con que
ibas penetrándome |
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por si yo mismo fuera, acaso, tu
jardín. |
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Y sus cosas
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Aunque no estoy confusa |
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y bien sé quién me
llama y quién me espera, |
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cerrados los postigos por mi
estancia en el cuarto |
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y la pesada carga de mi
insignificancia, |
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sin silencio de dios, sin siquiera
un murmullo, |
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pero tan cerca su manera de
expresarse |
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en un ramo de clivias o dombeyas, o
en un cesto |
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de mimbre; un canastillo de
frambuesas o moras. |
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Dios es dios y sus cosas y, como el
fuego, sueña |
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construir como fuego cuanto tiene
en las manos. |
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