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Esta
contribución a la belleza, y más concretamente de la
Literatura, al bien, la dan por supuesto la mayoría de
tratadistas de la época. Campillo, por ejemplo, otro
sevillano estudioso de estos temas, afirma: «Bajo el aspecto puramente moral, no es menor la
importancia de la Literatura. Su estudio y ejercicio, como con
tanta autoridad y elegancia decía Cicerón, realza la
juventud, produce en la edad madura copiosos bienes, dulcifica las
penalidades de la vejez, acompañándonos con
provechosa influencia en la vida sedentaria y en los viajes, en la
ciudad y en el campo. Atempera y dirige hacia el bien el excesivo
fuego y el ímpetu de las pasiones, mostrándonos, ya
en la novela, ya en la historia, el drama o la tragedia, hasta
dónde puede llegar el extravío de la voluntad y los
afectos cuando no cuidamos de sujetarnos al freno prudente de la
razón; y más hondas y provechosas lecciones dejan al
ánimo la traición castigada, la mordacidad y mala fe
hiriendo al mismo que en daño ajeno las emplea, el amor
ilegítimo seguido de un triste cortejo de pesadumbres y
remordimientos, y por otra parte, la heroicidad excitando generosos
estímulos y simpatías, que cuantas pudieran darnos
fríamente los tratados didácticos; pues la
poesía y las artes revisten de formas sensibles y
bellísimas las ideas abstractas y las presentan con nueva
vida en donde vemos palpitar la nuestra propia, de suerte que cada
cual puede contemplarse en imagen dentro de las libres creaciones
del genio»
(CAMPILLO: Retórica y
Poética. Librería de la Vda. de Hernando y C.ª Madrid, 1893, pág. 13).
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Para Kant, por el
contrario, y como decíamos antes, lo estético es
independiente y no puede estar al servicio de fines ajenos a
él; es, en sus propias palabras, «finalidad sin fin»
. Lo bello no es
reconocido objetivamente como un valor absoluto, sino que tiene
sólo relación con el sujeto; el hecho de las
distintas y contradictorias apreciaciones sobre lo bello, no es,
sin embargo, el producto de esta necesaria referencia a la
subjetividad, sino el hecho de que la actitud del sujeto sea
siempre plena y puramente desinteresada, dedicada a la
contemplación. La prioridad del juicio estético
requiere, a pesar de su referencia al sujeto, el desprendimiento en
éste de cuanto sea ajeno al desinterés y a la
finalidad sin fin.
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Frente a todas estas teorías así opuestas, deberíamos recordar la de Herbart (1776-1841), quien adopta una postura totalmente diferente. Su filosofía práctica está dominada por la idea de lo bello. Moral y pedagogía son para él tanto como estética. Critica duramente la ética de Kant y afirma que el concepto fundamental de la moral no es la idea del deber pues no se ve de dónde le puede venir la autoridad a una voluntad imperativa cuyo origen desconocemos. Antes del precepto y del correspondiente deber, tiene que constar quién es el que confiere al mandato su dignidad y su honestidad a la obediencia. Herbart lo funda y encuentra la última justificación de lo «debido» en determinados juicios estéticos. La estética, en general, es la teoría del gusto en su sentido más amplio. La ética es la doctrina del gusto moral.
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Como representante de esta teoría en España se puede citar a Gómez Hermosilla, seguidor de las doctrinas de Condillac y de Destutt-Tracy. La expone en sus Principios de Gramática General, Imprenta Nacional. Madrid, 1841 (3.ª ed.). Es autor también del Arte de hablar en prosa y verso. Imprenta Real. Madrid, 1826.
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CANALEJAS, Fco. de Paula: op. cit.
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La noción de verbo es uno de los temas claves que polarizan las polémicas gramaticales del siglo XIX. Su sincretismo formal hace difícil el análisis y da ocasión a definiciones parciales y dispares. Los autores no están de acuerdo al señalar la razón de tales discrepancias. Nosotros pensamos que en el fondo se encuentra el problema del lenguaje humano, de su naturaleza y, sobre todo, de su origen. Véase, entre otros, el trabajo de José Antonio Hernández Guerrero titulado «Lista y la polémica gramatical sobre el verbo único», publicado en Archivo Hispalense, 196, 1981, págs. 151-163.