Véase por ejemplo la Carta marrueca LXXXII de Cadalso, y también la Relación del auto de la fe que se celebró en Madrid domingo a quatro de julio de MDCXXXII, Biblioteca Nacional de Madrid, sección de Raros, R/4392.
Según advirtió Glendinning [«Goya y las tonadillas de su época», Segismundo, 3 (1966) 119], el cómputo de las sílabas de las leyendas pone de manifiesto un predominio indiscutible de pentasílabos y hexasílabos (unos cincuenta en total, poco menos de sesenta si se cuentan los heptasílabos; vale por dos pentasílabos la leyenda número 16: «Dios la perdone. Y era su madre»). No se deben infravalorar naturalmente las limitaciones impuestas al grabador por el tamaño reducido de las láminas -aunque bien pueden caber bajo el Capricho 2 un endecasílabo y parte del siguiente-, pero es muy probable que esa mayoría aplastante tenga que ver con la boga de las tonadillas teatrales (a cuyas tiranas y seguidillas era aficionado Goya) y explique por lo mismo en cierta manera el uso del lenguaje coloquial e incluso familiar por el redactor. De una seguidilla (con sinafía entre el primer heptasílabo y el pentasílabo siguiente) citada por Battesti Pelegrin procede justamente la leyenda «Que viene el Coco» (op. cit., p. 39).
Caprichos 10 y 13, respectivamente.
Helman, op. cit., p. 47.
Obras póstumas, 1867, t. 1, p. 392. «Quando el ingenio desconoce el yugo de la razón y se dexa llevar de los arrebatos de una fantasía desarreglada, produce mil monstruos, por una u otra belleza (Memorial Literario, nº XXI, 1802, p. 84, a propósito de la tragedia Otelo o el Moro de Venecia).
Por lo que hace a la brujería, convendría tratar de resolver de una vez por todas el problema de la verdadera actitud de Goya frente a esa superstición; los cuadros pintados para la casa de campo de los Osuna, por muy «espeluznantes» que sean, no se destinaban al parecer a aguarles el gusto a sus moradores; parece más lógico pensar que los temas elegidos por los ilustres clientes del aragonés tenían para estos algo que ver con el ambiente no muy aterrador de una casa de recreo. Si Helman no hubiera descubierto la fuente de inspiración del cuadro de la «lámpara descomunal», ¿quién sabe a qué interpretación psicoanalítica o esotérica diera lugar?
Dos veces: 14 y 77.
Dos veces: 14 y 32.
Capricho 33. A pesar de todas esas coincidencias no afirmo, contra lo que se ha escrito, que fuese Moratín el autor del comentario; pero tampoco niego que -como advirtió sagazmente Javier Blas- lo «ande buscando». Hallarlo es otra cosa...
Goya and his Critics, op. cit., p. 64.