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En medio del comentario empieza una frase con la fórmula «Ésta es una princesa...», como si se tratara de una frase inicial.



 

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Y si la encarcelada «sensible» del Capricho 32 es «la mujer de Castillo», ¿cómo puede se también moza, y por encima incauta? Sobre esta estampa, véase el documentado artículo de Glendinning, «Porque fue sensible», Historia 16, 3, 28 (1978) 91-96. El estudioso inglés escribe con precaución que «posiblemente acierten aquellos que al interpretar el capricho 32 aluden a que la mujer en él representada era un ente real, 'la mujer de Castillo'».



 

32

«Todos engañan» en el manuscrito. Fenómeno corriente, sobre todo en la transmisión oral o al dictarse un texto («Todos se engañan»).



 

33

Recuerdos de un anciano, Biblioteca de Autores Españoles 83, p. 33.



 

34

E. Cotarelo y Mori, Orígenes y establecimiento de la ópera en España hasta 1800, Madrid, 1917, p. 394-395.



 

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En lo que a este Capricho se refiere, no se ha advertido aún, al parecer -¿quién sabe si por miedo a rozarse con un tema escabroso?-, la permanencia de un detalle no poco llamativo en las distintas etapas de su génesis: el de los atributos varoniles imponentes de los Chinchillas que, a pesar de diluir algo sus formas la prenda interior o camisa que los cubre, se abren paso por un largo corte vertical de los calzones, de manera algo parecida a la cabeza del «vergonzoso» en el Capricho 54, cuya cara, en cierto modo, ocupa el lugar de las «vergüenzas». Los bultos son mayores en los dibujos preparatorios, pero la reducción del volumen queda compensada por el contraste de valores en la estampa definitiva. La significación de esos «ornatos en el bajo vientre», como dijo un día Camilo José Cela refiriéndose a un personaje muy distinto, parece obvia: ya subraya varias veces Helman que los Chinchillas goyescos representan la desidia de la nobleza. Se trata en efecto, en la opinión de la época, de unos «gandumbas»; ésta es la voz de que se vale, en sentido no figurado, un Leandro Moratín en 1793 para afear la pereza de su amigo Melón, que se olvida de mandarle noticias de España: «¿En qué puede consistir que no me hayas escrito a Bolonia ni a Roma? Yo no lo alcanzo; y aunque estoy harto persuadido de la enorme gravedad específica de tus g[andumba]s, nunca presumí que llegara su ponderosidad a tal exceso»; unos meses más tarde, al referirse a otra persona en una carta al mismo, ya emplea un término más usual: «[...] estoy persuadido de la pesadez de sus testículos, y por consiguiente no extraño que jamás me escriba una letra» (Epistolario, ed. R. Andioc, Madrid: Castalia, 1973, p. 162, 168; a Zapater le califica el pintor de «collón»). Por considerarse pues este sector de la anatomía masculina centro o sede de la pereza y desidia lo destacó Goya en sus dibujos preparatorios y en la estampa. Por lo mismo, nada tendrá de casual el que el único motivo identificable en el cuartel superior izquierdo de la «coraza» o ejecutoria del Chinchilla que está de pie en el primer dibujo sean, al parecer, unas abejas volando, símbolo de actividad incesante, lo cual nos trae a la memoria el argumento entonces mil veces esgrimido desde Feijoo hasta Jovellanos contra la nobleza hereditaria, y que resume la conocidísima frase de Cadalso, naturalmente citada por Helman: «Nobleza hereditaria es la vanidad que yo fundo en que ochocientos años antes de mi nacimiento muriese uno que se llamó como yo me llamo y fue hombre de provecho, aunque yo sea inútil para todo»; por su parte, escribe con gráfica ironía El Censor: «En verdad que es un gran consuelo para un paralítico el que sus antepasados hayan sido coronados en los certámenes gimnásticos» (Labor, THM, p. 310). El caso es que los Chinchillas de Goya, metidos como están en su camisa de fuerza, son en cierto modo unos paralíticos o impedidos, y ésta no es la única frase del citado periódico que presenta afinidades con el Capricho 50 y sus dibujos preparatorios: en el Discurso CLXIII, dedicado con algunos más a la crítica de la nobleza, Cañuelo observa que «el que no hace uso de su razón» (recuérdese el epígrafe del primer dibujo preparatorio La enfermedad de la razón): «el que no hace sino comer, estercolar, dormir, vegetar y propagar, es un bruto de dos o de cuatro pies»; la acusación de vegetar se reitera en un Discurso anterior del mismo periodista (también la formulan otros contemporáneos, como Cabarrús), y viene reforzada cada vez con la comparación del noble inútil a un burro («Sí, como el jumento de Isis» - «eres un asno, un rocín...»); piel de burro reviste el personaje que alimenta a los Chinchillas con cucharón; de manera que tampoco podemos dejar de recordar la frecuencia con que se compara al mismo animal, incluso por el propio criado, al héroe de la obra de Cañizares, o sea al «más fuerte hidalgo / que bebe, que duerme, que pace en Castilla». Debo confesar para concluir que la explicación de este Capricho, como la de otros muchos, por la Idea de un príncipe Político y Christiano [sic] de Saavedra Fajardo, tal como la propone José Manuel B. López Vázquez (Los Caprichos de Goya y su significado, Santiago, 1982), me parece poco menos que aventurada.



 

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Capricho 22.



 

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Llama también la atención una particularidad sintáctica que aparece cinco veces, pero de la que no puedo sacar ninguna conclusión por ahora: «...dos frayles muy reverendos los guardan las espaldas y son los que celebran la burla» (20); «El vulgo de curas y frayles es el que vive con las fiestas de autillos...» (23); «El bajo pueblo es el que se divierte con las encorozadas...» (24); «Los pobres y clases útiles de la sociedad son los que llevan cuestas a los burros...» (42); «Las viejas astutas son las que pierden a las jóbenes...» (66).



 

38

Goya and his Critics, New Haven y Londres: Yale University Press, 1977, p. 62.



 

39

N. Glendinning me ha facilitado amablemente el texto castellano. Esta expresión coincide literalmente con la empleada en tres copias casi idénticas de explicaciones manuscritas: la que se ha venido denominando Sánchez Gerona, hoy en una colección particular de Estados Unidos, la de la Calcografía Nacional de Madrid y la que se conserva en el Kupferstichkabinett de Berlín.



 
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