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En una escena llena de comicidad grotesca - y en esto típica del Gran teatro del fin del mundo - el autor deja entender que es por mera casualidad que alguien representa el papel de Colón, que todos los papeles que los hombres interpretan en la vida son intercambiables: «HOMBRE: ¿Quieres ver algo chistoso? MUERTE (secamente): Sí. HOMBRE (se quita la máscara de Cristóbal Colón y aparece el rostro de Maximiliano): ¿Otro todavía? MUERTE (secamente): Otro todavía. HOMBRE (se quita la máscara de Maximiliano y queda su verdadero rostro): Este es él que llevo desde niño» (225).

 

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En Hombre solo el nombre de Colón era más bien una mera referencia, sin que por eso su vida fuese contada. En Cristóbal Colón, sin embargo, Colón y su tripulación aparecen en forma de muertos (por eso, Aridjis en el título había sustituido «nuevo mundo» con «otro mundo»): «Los protagonistas, al repetir en el otro mundo la escena del desembarco en la isla Guanahaní, dan la impresión de no pesar sobre la tierra, de atravesarse y transparentarse; viéndoseles a veces sólo medio cuerpo, medio rostro descarnado, o el esqueleto debajo de la ropa» (11s.).

 

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Nos servirá de ejemplo el tratamiento por lo menos ambiguo de la cuestión si la cristianización de los indígenas por los conquistadores europeos había sido para su bien: «RODRIGO SÁNCHEZ DE SEGOVIA: Les enseñamos el Ave María y el Pater noster. Les dimos una lengua, una historia, una religión y candelas para su noche. RODRIGO DE ESCOBEDO: Les trajimos la Santa Inquisición. [...] Algunos serán fieles cristianos. ¿No fue el primer mártir de la fe Guatícaba, bautizado como Juan y muerto con el nombre de Dios en la boca? CRISTÓBAL COLÓN: Ellos eran buenos servidores y de buen ingenio, que muy presto repetían lo que se les dice, y nunca hicieron daño a los cristianos» (17). La pretensión religiosa de los españoles -es sabido que Colón solía explicar su nombre de pila como derivado de «Christo ferens», lo que Aridjis no deja de mencionar (38)- es desenmascarada como mentira: «Estos indios, vendidos, torturados, ahorcados y quemados, entendieron tarde que nosotros no venimos del cielo sino de las regiones necesitadas de nuestra propia ánima» (17). Los intereses muy mundanos y hasta inmorales de los europeos son claramente designados de parte de un indígena, que habla un español defectuoso pero comprensible: «Nosostro da Cristobal Colol todo oro de mundo, toda mujer de isla» (23).

 

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Véase: «A lo largo de la calle, sobre los muros y las casas volteadas, árboles crecen bajo tierra, con las copas sepultadas y las raíces en el aire [...]. En una vidriera, dos monjas están expuestas como prostitutas [...]. En una carnicería, un buey mata al matarife, un puerco vende al carnicero; desde una azotea, un conejo dispara al cazador; en un pequeño corro, un toro pone banderillas a un torero» (231).

 

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Donde existe una conexión divertida a la pieza de Aridjis sobre Carlota, porque aparecen aquí algunos personajes históricos con una inversión de papeles, por ejemplo «Maximiliano fusilando a Juárez» (238).

 

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Curtius (Europäische Literatur und lateinisches Mittelalter. 104-108) presenta ejemplos de Carmina Burana.

 

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Véase: «VIEJO: ¿No es hoy 31 de diciembre del año 2000? VIEJA: Sí. VIEJO: ¿No te gustaría más que fuera hoy 1 de enero del año 1? VIEJA: Sí. VIEJO: ¿No tienes ganas de que el mundo comenzara de nuevo? VIEJA: Sí» (246).

 

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Los tres personajes primeros habían todos sido actores famosos del siglo XVII; véase los artículos dedicados a ellos en Manuel Gómez García, Diccionario del teatro (645, 675, 698).

 

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Encontramos aquí hasta una alusión a las palabras del «auto» calderoniano; compárese «Hermosa compostura / de esa varia inferior arquitectura» (Calderón: 39) con «rápida fue la descompostura de la sublime Arquitectura que tema la gran Naturaleza» (Aridjis: 117).

 

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«Vivir la vida con la sabiduría de un muerto, ésa debería ser la ambición de todo hombre» (204).