51
30-6. «Quando vn hombre es muy gordo, especialmente si es beuedor, le llamamos cangilon.» (Covarrubias.)
Adviértase que los consejos vanos, cantados por el pastelero, eran una antigua y conocidísima copla. Lope de Vega la glosa en estos términos, en la primera parte de El príncipe perfecto (I, 12):
Puede verse también la copla en el Cancionero de Evora (edición Victor Eugene Hardung; Lisboa, 1875; página 63), compuesto, probablemente, hacia los años de 1590-1600. (N. del E.)
52
30-7. Al decir el pastelero «¡Musico de mohatra sincopado!», hace un chiste por el estilo del que hizo el autor de La pícara Justina (vide la edición Puyol y Alonso; Madrid, 1912; III, 238) cuando dijo que una señorota es sota sincopada. Si de mo-ha-tra quitamos la sílaba final, queda mo-ha, palabra que, aspirando la h a la andaluza, puede aludir al mismo vicio de empinar el codo que el músico echó en cara al pastelero. (N. del E.)
53
30-10. Llamábase corchapín (y escorchapín) a una embarcación pequeña que servía para transportar gente de guerra y bastimentos. Pero no hemos encontrado en otro escritor que en Cervantes el vocablo corchapín como calificativo injurioso aplicado a una persona. (N. del E.)
54
31-2. Zangamanga, según el Diccionario académico, es «treta, ardid». Hay unas célebres coplas anónimas, publicadas por Barbieri en su Cancionero musical de los siglos XV y XVI (Madrid, 1890; núm. 442), que comienzan con estos versos:
|
«Hacía grandes extremos, diciendo que bien entendía la zangamanga.» (Quevedo, Cuento de cuentos.) (N. del E.)
55
31-21. El texto: «Alami». Alanís (provincia de Sevilla) era pueblo famoso por sus vinos blancos. (N. del E.)
56
31-24. El hombre cobarde y afeminado. (N. del E.)
57
32-10.
|
Nótese la concordancia del sujeto en plural con el verbo en singular. No es caso único en Cervantes. (Compárese F. Hanssen, Gramática histórica de la lengua castellana; Halle a. S., 1913; § 485.) Recuérdese lo que dijimos en nuestra edición del Persiles (II, 96-29, página 308). De esto trata largamente Weigert, Untersuchungen zur spanischen Syntax auf Grund der Werke des Cervantes; Berlin, 1907. (N. del E.)
58
32-17. Compárese este verso con otras locuciones análogas cervantinas, citadas por A. Bonilla en La tía fingida (pág. 113). (N. del E.)
59
32-24. «Horas, el deuocionario, en el qual principalmente estan las horas de Nuestra Señora y otras deuociones que rezan los seglares deuotos, que no tienen obligacion de rezar las horas canonicas, como incumbe a los ordenados de Orden Sacro, a los que tienen beneficio eclesiástico y a los religiosos professos.» (Covarrubias.) (N. del E.)
60
34-14. El Sansón de Extremadura, Diego García de Paredes (nació en Trujillo el año 1466, y murió en Bolonia hacia 1530), famoso por sus grandes fuerzas y su poco sufrido genio. Corre impresa una supuesta autobiografía suya, con el título de Breve suma de la vida y hechos de Diego García de Paredes, que sirve de complemento a la Crónica del Gran Capitán. Además de la comedia de Lope de Vega: La contienda de Diego García de Paredes y el capitán Juan de Urbina (1600), citaremos, como inspirada en la biografía del mismo personaje, la titulada El valor no tiene edad y Sansón de Extremadura, de Juan Bautista Diamante, y la novela La cruz de plata, escrita modernamente por don Florencio Moreno Godino. En el Quixote (I, 32) cuenta Cervantes, por boca del cura, que «Diego Garcia de Paredes fue vn principal cauallero, natural de la ciudad de Truxillo, en Estremadura, valentissimo soldado, y de tantas fuerças naturales, que detenia con vn dedo vna rueda de molino en la mitad de su furia. Y, puesto con vn montante en la entrada de vna puente, detuuo a todo vn innumerable exercito que no passasse por ella. Y hizo otras tales cosas que, como si el las cuenta y las escriue el assi mismo con la modestia de cauallero y de coronista propio, las escriuiera otro libre y desapassionado, pusieran en su oluido las de los Hetores, Aquiles y Roldanes.»
Exactamente estas mismas proezas cuenta de Céspedes Luis Vélez de Guevara, en su linda comedia El Hércules de Ocaña, donde hay una de las escenas (la de Céspedes con el difunto huésped, en la segunda jornada) más vibrantes y castizas del teatro español clásico. (N. del E.)